Parte Primera: La Cita

…usaba un vestido estampado, la tez de su piel reflejaba los rayos del sol de manera perfecta filtrándose entre sus vellos, sus mejías tenían el rubor natural de la perfección hecha mujer, su cabello negro, suelto y sumamente lacio dibujaba sus hombros descubiertos por el escote de aquella blusa que en otras circunstancias me hubiese atrevido a besar.

Logre divisar en medio del breve pero cálido saludo aquel lunar en su hombro que hacía mucho tiempo no veía, llevaba unos pendientes que hacían juego perfectamente con aquella cadena que le regalé, lo que hizo apresurarme a romper el hielo -o al menos intentarlo-.

-¿Pensé que ya no conservabas la cadena que te regalé? –pregunté-

-¿Por qué?, esperaba justo el momento de volverte a ver para usarla

Me sonrió como si nunca nada hubiese pasado, aquella mujer posaba el brillo de su mirada en mi humanidad de una manera única, casi como antes, pero ahora me hacía sentir vulnerable ante cualquier interrogante que pudiera venir.

-¿Veo que ya tenés un par de canas?

-Sí -respondí mientras tocaba mi cabello y recogía mis hombros- es que el tiempo no ha pasado en vano, y no solo eso, además me estoy quedando calvo.

-No es para tanto, sigo viéndote buenmozo

Era increíble como con un leve cruce de palabras podía revolucionar mi estado de ánimo tan vehementemente, no había experimentado tal hormigueo en el cuerpo desde hacía ya un par de años, y ahora, a causa de la misma mujer los volvía a experimentar.

-¿Entramos?

-Sí, sí por favor -tartamudee torpemente-

Abrí la puerta de aquel café que recién habían abierto cerca de mi casa. Ordené el menú, encendí un cigarrillo, tomé su mano y tragando una enorme bocanada de aire, le expuse:

-Mi amor, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi, no puedo explicarte nada porque simplemente no hay nada que explicar. Solo quiero que sepás que cada segundo, cada minuto, cada día que he pasado lejos de vos, ha sido sumamente difícil, he logrado mantenerme en pie con la fuerza que me daba pensar en este momento…

La puerta de vidrio del café se abrió nuevamente, yo me encontraba de espaldas a la puerta de entrada, el reflejo del sol en la mesa de vidrio apuntaba su rostro y dejaba ver el café indiscreto de sus enormes ojos. Ella levantó su vista sobre mí, y sonrió levemente como queriendo evitarlo.

Una mano se posó sobre mi hombro, y reaccioné inmediatamente volviendo mi rostro hacia mi derecha, pero aquella persona -hombre por cierto- estaba inclinado a mi izquierda como si hubiese adivinado a donde buscarían mis ojos. Me di la vuelta teniendo que arrastrar mi silla en el intento.

Era un hombre aproximadamente de 1.75mts, de tez trigueña, pelo castaño claro. Vestido con ropa casual, muy cómoda según parecía. Me llamó la atención su reloj de puño de muy buen gusto -a mi criterio- y cuando mis pupilas terminaron de captar toda la luz y enfocaron nuevamente, le conocí.

Era mi hijo. Le abracé sin darme cuenta quizas por unos tres minutos. Mi hija Daniela se levantó de su silla y se unió a nosotros por medio minuto más. Se vieron entre ellos, sonrieron y luego soltaron una carcajada de satisfacción. Me habían sorprendido.

No estoy seguro cuando fué la última vez que fuí tan feliz.

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