de tus quéjas y mis vicios

Te vi partir en medio del deseo, llevabas puesta una sonrisa de marihuana, zapatos fingiendo malicia, vestías unos encajes que hipnotizaban, y parecías de esas personas que les llaman “felices”.

Recién te despediste de mí tiñéndome la mejía de tu adiós no negociable, habíamos hablado ya hasta del perro que levantando una de sus patas meó la llanta del coche, hablamos del clima, de la educación, de la seguridad e insalubridad que últimamente circundaban nuestras espaldas. Todas fueron conversaciones de relleno, de esas que preguntas lo mismo y contestas lo mismo.

Bajo la mesa, mis manos sudorosas jugaban con el anillo que me robó los pocos ahorros que conseguí privándome de los cigarrillos matinales, de las cervezas a media semana, un par de almuerzos y alguno que otro esfuerzo que por otras razones y con otro fin, jamás me hubiese animado a ejecutar.

Ese discurso que había repasado ya tantas veces, comenzaba a deslizarse por mi pálido rostro según tus argumentos avanzaban, no pude (o no me dejaste) desarrollarlo como había pensado. Al final, ni siquiera pude dejarte una mísera parte de todo lo que planeé a lo largo de este tiempo.

Entendí claramente que tenías ya a otra persona, que si bien es cierto no cumplía aún con todos tus selectos requerimientos acerca de un hombre, cubría la cuota básica indispensable que se necesita para estar con vos: Amor y Respeto (rara cosa fue haber interpretado de mi parte: valor y paciencia… pero ese es otro tema)

Llevabas un maquillaje levemente más intenso que lo normal, aquel rubor natural de tus mejías se había sustituido por maquillaje y la sombra en tus párpados exageraba un poco la intensidad de tu mirada.

No quise acudir más a los intentos, a los recuerdos, a los argumentos que pensé o quizá llegue a asegurar, inclinarían la balanza a mi favor, haciéndome ver como alguien que a pesar de tantas estupidas desiciones, cumplió a la perfección el mayor de tus deseos, el cual fue amarte de una manera que muy seguramente nadie lo volverá a lograr.

No hago alarde de mi capacidad de amar, es simplemente que esa manera de amarte tan absoluta es la que me tuvo frente a vos esa noche y la que me tiene esta madrugada haciendo estas innecesarias declaraciones.

Tampoco quise acudir al anillo que paseaba entre mano y mano, entre dedo y dedo, casi pellizcándome por la impaciencia de no poder de una vez, mostrar el brillo inmaculado de su sonrisa cuando por fin hiciera el ridículo de hincarme frente a tu silla y mostrártelo proponiéndote matrimonio. Claro, pude evitar esa enorme vergüenza al ver tu dedo anular agasajado con una prenda de mayor quilataje que mi impaciente e inoportuno regalo.

Escuché todas tus quejas, todos tus reproches, escuché argumentos tan validos como innecesarios, recargué mis oídos que casi sangraban por tanto improperio diplomático que soltaste en tu pergamino de razones y no tuve más opción que asentir y jorobar la mirada, sin pretender hacer, o explicar absolutamente nada.

Vuelvo a donde comencé, justo cuando habías avanzado ya dos metros, volviste tu mirada hacia mi congelada humanidad, regresaste y con una voz seca de amor y llena de sarcasmo, me dijiste: Gracias por todo.

Tus jeans parecían burlarse de mis ojos, tarareándome tu figura según el compás de tu caminar, y el escote de tu espalda me citaba de nuevo a visitar el tan desgastado baúl de mis desaforados recuerdos para cachetearme con la vívida sensación de la tibieza de tu piel bajo mis manos.

Me volví a sentar, pedí la cuenta y medité por un momento.

…tenías razón en cada una de tus palabras, pero hoy no supiste reconocer el tono de mi voz y entender que te hablé con mi más absoluta verdad. No pudiste sentir en los huesos aquella mirada que atravesaba la piel y cantaba dentro de vos con el júbilo que me provoca tan solo mirarte.

Pensaste que tal vez habría otra oportunidad lejos de mí y por supuesto, sin mí. Por lo que no me queda más que recoger mis intenciones, alejarme del vicio de buscarte en cada cuadra que transito y comenzar a entender que ahora, no supiste diferenciar entre el antes y el hoy.

Tuve la abrupta intención de detenerte en tu paso, pero recapacité sobre cada letra con la que compusiste tremenda lista de deseos en los que para mi desgracia, no se dibujaban conmigo.

Ahora, medio borracho, lo confieso. Juego a entender esas cosas de la vida, esas desiciones que uno toma que lo vuelven presa del juego que sin darnos cuenta nosotros mismos elegimos, y de nuevo para mi desgracia. Hoy me tocó perder.

Esta es de esas historias que muy comúnmente terminan no muy felices.

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