de los sueños, pesadillas y otros cuentos

Tomé mis cosas, alcé mi rostro, solté un suspiro y partí.

Mis pasos anunciaban mi andar, la humedad en el aire denotaba la certidumbre sobre lo que venía, mis manos apretaban la cejilla de aquella maleta con la fuerza que merecía su peso. Ahí, el eco era el ambiente, la sombra los colores, el vacío era el olor, la basura era la alfombra, las gotas salpicando desde el techo emulaban el sudor, los cuadros inclinados a 90 grados recordaban el desastre, y mis ropas demacradas retenían aún la tristeza de un ayer podrido.

Era largo y nocivo el pasillo aquel que recorrí sin ninguna prisa, era pesada la carga de las culpas que florecían con espinas en mi caja torácica. Un par de lamentos bastante lúgubres entonaban a la perfección con los sonidos de los vidrios terminándose de quebrar bajo mis zapatos sucios. Me detuve algunos minutos al pié de las escaleras que conducían hacia la planta alta, el pasamanos ya sin el brillo que insinúa su uso regular parecía ser irreverente de cualquier dolor, de cualquier angustia, de cualquier arrepentimiento. Las gradas sonreían a manera de invitación para que les recorriera, las lámparas amarillentas y ya sin bombillo me veían de reojo y se arropaban con aquella pasmada oscuridad.

En la pared encontré colgadas un par de llaves de las que nunca supe si servían o eran solo un descuido del inquilino anterior, a mis pies habían recibos, notas, cartas, avisos, y publicidad sobre comida rápida. Tomé uno al azar y su huella quedó dibujada en la ausencia de polvo que traía incluida sobre sus letras.

Decía lo siguiente: “si lees esto es porque llegué y no estabas disponible, toqué tantas veces la puerta, pero supuse nunca escucharías por el estridente ruido de fiesta que retumbaba desde adentro. Quería sentarme un rato a conversar, pero entiendo estás ocupado. Allá las cosas están iguales, pero sin vos es un poco menos ruidoso, no es una ofensa, tampoco un halago, solo un brote de honestidad. Qué más da, ya no estás, ya no estoy”…

Mi vista cayó al suelo de golpe, mi sien se destempló al mismo tiempo que mi ceño se fruncía. Le di vuelta aquel trozo de papel mal cortado en busca de alguna fecha, una firma, un nombre, algún rasgo característico en la grafía que me diera una idea de dónde provenía, pero no había nada.

Dejé caer la nota sin saber qué hacer o qué pensar, pero algo llevó mi vista de nuevo hacia las escaleras e impulsado por un fuerte escalofrío retrocedí hacía ellas. Bajé mi maleta, tomé el pasamanos, y comencé a ascender.

Aquella madera que una vez fue firme y brillante ahora rechinaba sin precaución ante tanto silencio, el polvo se alojaba en mi mano derecha según avanzaba, mis ojos apuntaban hacia arriba con un leve arqueo de cejas.

Un hedor comenzó a asomarse según terminaba de subir, no sabría –a esas alturas- definir de donde provenía o si era familiar para mí, porque no lo era.

Estaba ya en la segunda planta de aquella casa abandonada, y un escalofrío recorrió mi cuerpo de una manera muy intensa, había sangre en las paredes, habían huellas de zapatos sobre aquella gruesa delgada capa de polvo, había mucho dolor en el ambiente, había muchas preguntas sin responder. En ese momento, retrocedí unos pasos y pensé en bajar. Pero justo en el momento cuando pensé que no tendría valor, seguí avanzando sin pensar en las consecuencias, solo había algo que me invitaba de manera irracional a seguir caminando.

De pronto estaba en aquel lugar que -según yo- conocía muy bien, que muy probablemente había sido mi escondite de años, una especie de guarida. De pronto no conocía nada, de pronto estaba en algún lugar, completamente sin ningún sentido, sin ninguna lógica.

Había un corredor con aproximadamente cinco puertas, tres del lado izquierdo y dos del lado derecho, había un pequeño espacio ocupado por una maseta ya sin flores y llena de telas de araña, del techo colgaba una lámpara que el tiempo quizo arrancar, dejándola con sus cables expuestos, habían dos ventanas sin cortina, pero estaba tan sucias que la luz entraba con cierta dificultad.

Una de las puertas se encontraba entreabierta, su manecilla parecía brillar levemente más que las demás, me acerqué con más curiosidad que miedo, aunque debo confesar que padecí de ambas. Empujé muy despacio la puerta y para mi sorpresa no hizo un solo ruido, aquella habitación era un completo caoz, ahí encontré lo siguiente:

Habían porta retratos en el suelo, había una cuna color rosa, una cama muy pequeña, habían unas cortinas que por alguna razón me fueron familiares, habían restos de velas derretidas sobre una mesa de noche, dos sillas en posición de conversación, una caja con efectos personales que no quise revisar, recortes de periódico sobre fútbol, moda, caricaturas, noticias. Pero lo que más llamó mi atención fue unas sábanas muy blancas perfectamente dobladas dentro de la cuna, parecían muy frescas, parecían muy blancas, muy limpias. Como recién puestas.

El piso era de cerámica gris, las paredes ser erguían desde un zócalo color negro, tumbando toda la habitación de blanco muy viejo hasta llegar al cielo falso muy débil ya por el tiempo y la humedad.

En esa habitación había un closet muy viejo y amplio, sus puertas tenían en su forma las grietas para poder ver desde adentro sin ningún problema, lo que era imposible hacer desde afuera sin abrirlas. Tuve esa sensación de ser observado desde adentro y sin darle más largas al escalofrío puse mi mano en su tirador y abrí.

Mis ojos se abrieron tan grandes como nunca y un golpe en mi corazón casi lo hace colapsar, mis manos inmediatamente taparon mi boca y retrocedí sin darme cuenta unos dos pasos. Adentro había el cuerpo de un hombre colgado de su cuello, estaba descalzo, su color era ya un pálido muy frío, estaba dando la espalda y yo simplemente me sentía de morir.

No podía creer lo que estaba pasando, bajo sus pies había una carta y tres rosas muy frescas. Miré detenidamente el papel y una gota calló desde el cuerpo de aquel hombre sobre la carta, inmediatamente se transparentó el papel justo donde había caído la gota y se lograba ver muy a lo lejos algunas letras.

No sé qué pensé, o porqué lo hice, pero puse mi mano en su brazo, y haciendo una muy leve fuerza traté de darle vuelta para ver su rostro.

Ahora el mundo parecía tragarme, ahora los huesos me estallaban, ahora el aliento se me había perdido completamente.

 

Ese cadáver era yo.

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