diez segundos

No voy a negar que me sacudiste la sonrisa que recién había ganado bajo aquella blusa, aún con mi cuello sudoroso y ese sol que golpeaba mis pensamientos no había nada mejor que aquel tan perfecto olor que aún colgaba de mi nariz.

Pero te vi, atravesando el umbral del tiempo y el olvido, revoloteando como pavo real todos sus colores y balanceándome en la cara tu típico ademán. No fui yo, estoy seguro que no fui yo el que provocó tal encuentro. También comienzo a sospechar que no fue capricho del destino.

Antes de pronunciar palabra tuve la sensación que aquellos vivos dicen haber pasado cuando regresaron de su muerte. Eso de ver pasar en un segundo toda la vida con sus vastos recuerdos y demás. Sí, siento que lo viví pues cuando te encontré ahí, en aquella desafortunada tarde de abril tuve que dilapidar todo de mí para encontrar el aliento que te saludara.

Recordé aquella luna que fotografié en tu honor y te mostré con regocijo y candor, aquella misma fotografía que encontré el cesto de la basura donde solía encontrar, además, las cartas que te enviaba –sin abrir por cierto-.

No supe cómo disimular la sorpresa de mis pupilas alineándose con tus senos recién adquiridos, me imagino que en alguna oferta de aquel doctor clandestino que siempre husmeabas cuando pensabas que yo veía el camino por donde andábamos.

Torpemente extendí mi mano para saludarte, claro después de haber probado y humedecido tus encantos más ocultos y domesticado además el libido que juntos se nos daba tan bien. No encontré más, que darte un apretón muy de señorita en tu tan recordada mano.

Claro! Casi lo olvidaba, recién vengo de amar a aquella dama que si bien no me ama, por lo menos me soporta, y lo mejor de todo es que me espera al pago de fin de mes.

Por un momento quise recuperar aquella compostura un tanto descompuesta que me hacía caminar erguido por aquella soleada calle, aquel sábado por la tarde que venía de comprar un pedacito de amor servido en la piel de la mejor celestina que encontré.

No sabiendo aún por donde comenzar la casi obligada conversación, asumí que nos limitaríamos a ese encuentro en donde dos desconocidos bailan la danza del “déjeme pasar”. Pero no fue así, te inclinaste sobre mí y me martillaste un beso en mi aún ruborizada mejía.

Sugeriste sentarnos en algún lugar, el cual entre líneas entendí que era aquel mismo lugar. Habría sido perfecto, de hecho a esa hora ya no hace sol por allá, el viento juega con las hojas, la serenidad de lo apartado permite conversar y pues, de ves en cuando es tanta la soledad que queda tiempo y espacio para un poco más.

No supe qué decir, rascaba en mi bolsillo buscando el encendedor para ocupar mis manos en algo menos destructivo como fumar. No me culpes, bien sabes que nunca fui así.

Al final y para resumir, no encontré razón para pausar el paso de la vida sobre nuestras vidas, no supe cómo definir aquel tan esperado momento, porque justo pasó cuando dejé de esperarlo. No hubo notas en el aire, no hubo el ensordecedor silencio que opacaba el ambiente, no hubo distracción ante tan desesperante calor, no hubo amor.

 

-No gracias- dije cual niño tentado con aquel paseo prohibido que tanto le han afamado.

Seguí mi camino sin el más mínimo gesto, no sé si aguardaste algún momento esperando mi vuelta o como siempre, el orgullo te sacó ventaja y desapareciste por arte de magia.

No lo sé, yo tampoco atrasé la mirada.

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