Carta a su doncella

Estimada Doncella:

He tenido a bien sujetar mi lengua durante mucho tiempo ante sus habituales desplantes y malcriada desfachatez, esa que pregona a diestra y siniestra sobre su benevolencia por soportar el martirio de estar a mi lado, sí, he debido contener lo que a mi muy mal evaluado juicio pude haber refutado a sus álgidos ojos. Sin embargo este día su mal informada elocuencia y sus dotes de actriz victimizada me cuasi obligan a desprenderme de lo siguiente:

Que si bien es cierto aunque mis acciones pasadas laceraron su confianza al grado de verme obligado a soportar la destreza de su bífida lengua soltando cuanta maldición existía en su amplio léxico de letanías y demás, debo recordarle doncella mía que aquella imagen tan pulcra y recatada que sus acciones, testimonios y ademanes nos habían inculcado se vio teñida por aquella sucia venganza que sus viscerales pensamientos tramaron según su sabiduría y basta e infinita razón contra su servidor.

Creo, con todo el respeto que usted merece, que a pesar de sus según usted, casi siempre bien atinados presentimientos y comprensión de su entorno, aún no ha caído en cuenta que este planeta que la contiene no gira de acuerdo a su raciocinio, cordura, pretensiones y sabiduría  léase capricho. Permítame entonces, que plantee lo mejor posible y con mi pobre valoración de la realidad y sus alcances lo que le menciono anteriormente.

Este servidor que hoy se toma el atrevimiento de escribirle ha sido su peón durante ya varios años, no me quejo, pues el desbordante amor que mi poca inteligencia emocional otorgó a su humanidad me hicieron sentir que era parte de mi felicidad, el simple hecho de adornar mis brazos con su tersa y hermosa piel dorada ponían en un pedestal sus bellos pies. Así, muy a pesar de verme envuelto en una serie de eventos desafortunados que mi distracción de la luz que de usted emana me hicieron ofender su fémina grandeza y su (hasta ese momento y según yo) noble y transparente fidelidad.

Hoy, y después ya de un par de abriles  literalmente su perspicacia mal aplicada nos empuja hacia el bochorno matutino y vespertino que a fuerza de ser honesto solo he conocido en usted.

Hoy, como ya después de incontables y cansadas ocasiones recibo de usted una copa de vinagre justo a la hora de mi desayuno, además de aquel suculento beefsteak fínamente glaseado con media libra de sal que me sirvió por no decír tiró en mi habitual lugar en la mesa familiar.

Es necesario entonces, que exponga mi punto de vista, sobre su punto de vista. Y es que usted fehaciente más no honestamente cree que nuestra relación se basa en un equilibrio maleado a su obvia conveniencia, donde puede usted verter su afán por herir, ofender, vengarse y reprochar mis mortales pecados cada vez que la luna se encumbra sobre su cabeza. Mas no así, debo yo esconder en algún recóndito recoveco esas imágenes que mi desafortunada imaginación me brinda sobre su cuerpo desnudo sobre aquel hombre sin rostro y con nombre de letra minuscula.

De ser así, amada mía, debo reivindicar el ápice de hombría que me dejó para poder hacer uso de mis tan despreciados oficios de placer a la orden de su esbelto cuerpo, y debo hacerlo aclarándole que podrá usted, seguir siendo tal cual le plazca, tal cual como su desabrida mente acostumbra a traicionar momentos tan nuestros. Siga usted doncella, rompiéndome los platos justo en medio del sueño.

Aproveche mientras este su peón sigan empecinado en su corazón que usted lo salvó de la muerte que le deparaba la soledad y el silencio. Porque una vez usted me enseñe a des-amarla y me empuje al inevitable refugio del olvido. Las cosas cambiarán cómo usted no imagina.

Aclaro, mi excelsa doncella que no es mi plan el victimizarme, solamente adornar con tanta elocuencia el presente testimonio como para que, hasta su maldita perfección, divague entre tanta letra mal puesta.

Por esto y lo anterior, le insisto: le invito a conocerme cuando le haya olvidado.

Desde su cama, me despido.

Su casi ex-servidor.

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