Carta diez

Les dejo la última carta de la serie,

Carta número diez.

Si tuviera la oportunidad de cambiar las cosas –lo que sea-, volvería hasta tu encuentro y lo repetiría mil veces; ese encuentro en el que la vida giró a nuestro favor y para nuestra desgracia. Convertiría esta carta en testamento y pegaría una copia en cada lugar que contuvieron nuestros cuerpos, gastaría los últimos respiros que me darán vida en agradecerte una y otra vez, la calidez de tus labios, lo sutil de tu tacto, la tortura de tus caderas, la armonía de tu voz diciéndome “te amo”.

Si tuviera la oportunidad de pedirte algo –lo que sea-, comenzaría por pedirte que te quedes a dormir, que te olvides –una vez más- de los tantos prejuicios acumulados por la razón. Te pediría que bailes conmigo, el son de la alegría que me regala tu sonrisa. Te pediría que brindes a salud de los momentos que sin darnos cuenta se nos escaparon de las manos. Te pediría que busques en el cajón donde guardaste los primeros recuerdos y acudas a su olor, tal vez aún se conserve por lo menos para remontarte a aquellos días lluviosos y felices que nos mojaban la cabeza y nos sacudían el tiempo.

Si tuviera la oportunidad de darte algo –lo que sea-, borraría los horarios, usaría tu almohada, mojaría tu toalla, ensuciaría tus platos, bebería en tu vaso, dormiría en tu espalda, visitaría sin ninguna restricción el beso de tu pelo enganchándose a mis manos cada vez que el sol anuncie su llegada con el calor humeando de nuestros cuerpos. Si tuviera la oportunidad de darte algo, dejaría de escribirte esta carta, y saldría corriendo a tu cuerpo, buscaría el camino que tanto nos veía juntos y tanto nos extrañará.

Si tuviera la oportunidad de preguntarte algo –lo que sea-, te preguntaría ¿de donde sacas tu encanto?, ¿Por qué siempre estás en mi canto?, preguntaría ¿cómo puedo seguirte sin hacerte daño?, ¿cómo vivo en tu pecho?, ¿cómo caliento tu cama?, ¿Cuándo se irá este invierno?.

Si tuviera la oportunidad de hacer algo por nosotros –lo que sea-, nos regalara la oportunidad de construir felicidad, nos daría un regalo de aniversario, uno diferente, uno de verdad. Trabajaría por cambiar ese complejo que las segundas partes nunca son mejores que las primeras. Borraría los mapas que marcan las fronteras que tanto nos limitaron, te extendería la visa para entrar a tu antojo en este mar teñido de espera y silencio.

Si tuviera la oportunidad de volver a tenerte –como sea-, guardaría silencio y lo rompería repitiendo tu nombre, tantas veces como quepa en mi boca, tantas veces como aguanten los minutos.

Si tuviera la oportunidad de escribirte algo, no sería esto. Sería una carta de bienvenida, a los soles que verían nacer nuestros amaneceres, al frío que tiritara nuestras noches, al viento que soplara nuestros diciembres. Te daría la bienvenida a la aventura de tu vida, colgada de mi cuello y con tus piernas en mi cintura, te haría descansar de tanto tiempo que has tenido que estar de pie bajo el dintel de las tardes que oscurecían nuestros rostros y cerraban la puerta a las noches que tanto no tuvimos.

Si tuviera la oportunidad de hacer algo –lo que sea-, haría cualquier cosa que no fuera esto, una despedida.

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Carta ocho

Hace ya un buen tiempo, escribí una serie de diez cartas.

Hoy quiero compartirles una de ellas, es la carta número ocho.

Carta Ocho

Se ha hecho tarde,  el tiempo oscureció el camino que conduce a mi casa, pero esta noche aún no quiero llegar. Es una sensación rara; las luces amarillas de las lámparas muestran el frágil goteo de la lluvia que recién termina, reflejándola en el suelo que espera mi andar para chasquear el agua bajo mis zapatos.

A mitad del camino una banca guiñó su ojo imaginario y me convido a acompañarle bajo la tenue luz de la luna, la misma que se ha mecido conmigo en el patio de mi casa tras el humo del cigarrillo que me da sus buenas noches. Ahora me saluda con una leve sonrisa, y torna la brisa en un fino abrazo que invade mis pulmones de algo semejante a la esperanza.

He improvisado papel y lápiz a lo largo del cielo, trazando estas líneas que evocan un sentimiento audaz que engulle mis templados intentos de olvidar. Esos intentos de no volver a tocar esa canción que conmemora el amor, que libera en el ambiente esa sensación de funeral ante un recuerdo que insiste en tropezarse con mis descuidos emocionales.

No sé de qué trata esta carta, pero necesito comprender el estado de mi vida. Necesito inmiscuirme de una sola vez en mis sueños y cumplirlos. Así como tantas veces contribuí a esa sonrisa que aún me produce escalofrío al recordarla, la sonrisa de esa mujer que dobló mi vida en tantas partes que ahora no sé como borrar esas arrugas. Así como tantas veces volé dentro de casa, para girar el mundo en un minuto y regresar con las manos vacías, de tanto esperar, de tanto recordar, de tanto amar… No sé, pero tengo una sensación a paz, a lo mejor es la misma sensación que queda después de una guerra, en las que el silencio se ve de vez en cuando interrumpido por el crujir de los escombros cediendo ante tanto daño.

Ella fue la mejor, de las que conocí y las que seguramente conoceré. Se deslizó por mis días con tanta elegancia que pareciera que le pertenecían. Ondeaba el aire con su prodigioso andar, y entumecía mi mirada al perseguirla por toda la sala.  Sugería beber un vaso con agua aún cuando te tenía sed, pues quería verla levantarse para esculpir nuevamente su espalda con mis deseos.

Pero eso terminó. No podía comprender la dimensión de los hechos hasta que el calendario que tenía como testigo de tantos días, sugirió su vejez con un tono amarillo en su piel de papel. Los números no se sumaron a nuestro tiempo, pero los días siguieron transcurriendo como el inevitable paso de un río, que no da tregua a los ciervos que quieren cruzar para seguir con su andar. El tiempo fue mi peor enemigo, y ahora se ha vuelto mi aliado incondicional. Me ha reprochado en más de alguna ocasión el haberle odiado tanto, recriminándomelo con un poco de nostalgia ocasional… como la de hoy.

Hago una pausa, dejo de escribir. Pero mi mente sigue conjugando verbos que calan mi sentir. Sigue extrañando ese olor piel húmeda, a cabello enjugado, esa imagen de hombros recogidos y un tanto erizados por el acercamiento de mi boca. Sus brazos ligeros como los minutos que ahora recuerdo, dejándose atrapar por mis manos que acaparaban su atención con un leve suspirar. Esa misma atención que no volvió a posarse en mi hablar, que nunca más contestó el teléfono, ni devolvió ninguna de mis llamadas.

Pero no siento más tristeza, tal vez sea resignación. A saber que no volveré a verla, a saber que su tiempo ha terminado en mi redacción. Tal vez sea aceptación, el comprender que la vida es más que esperar, aún hay tiempo para luchar, para caminar, para ayudar, ¿y porque no?, para comenzar.

Vorágine

Soltar el deseo, encender una vela, callar las razones, borrar las ideas.

No es fácil vivir sin vos, sobre todo cuando tu nombre agota el silencio en el que me envuelvo; porque debo reconocer que aun cuando mi voz no entibie el reflejo de las letras que formaba aquellas frases que perdíamos en intentos, sigue aletargada en un par de sorbos del amor aquel que atiborró nuestras bocas, con el que nos sacudimos lo que alguna vez amamos y  estando juntos no existía más.

Debo admitir que en un salto de tu cuerpo al vacío aprendí la lección, que desde aquel día que domesticaste el libido y te ausentaste en el pudor, mis sueños dejaron de ser húmedos en el marco de tu humanidad dormitando con un leve silbido que enviciaba de inconformidad a la nocturnidad, tal vez por el desatino aquel que tu elocuencia parió en medio de la crisis, en medio de los llantos y demás.

No pude conversar esa última preciada ocasión sobre los misterios que escondía el incógnito desenlace que nos desvanecía los planes, hubiera querido redimir las causas que alguna vez nos llevaron al mismo lugar donde esa misma noche rompíamos el pacto que nunca comprometimos.

Fue difícil entender que mientras mi espíritu escarbaba en lo hondo de mis años por el brío que sabía que merecías –y creo que aún mereces-, tus ojos revoloteaban entre el presente y el pasado en una vorágine de indecisión. No sabía que tus noches era aún más largas que las mías y que tus pasos aceleraban los míos en aras de aprovechar el camino que aún podías recorrer. Ocasión, que hoy entiendo, no desaprovecharías.

¿Qué más? No puedo esperar algo más, este amor es indiscriminadamente tuyo y de los labios que bordearon mis sueños. No puedo esperar más porque la angustia de perderte noche a noche me gobierna la paciencia y desata la patética conformidad de aceptarte ausente, aún conmigo.

Nunca he servido para despotricar, mucho menos en tu contra. Por lo tanto, no haré nada que te lleve una sola gota de hiel, no diré las condiciones a las que mis soles se enfrentan en su fallido intento por obviar, por olvidar y por aprender la lección tan puntual que me dejaron en los huesos tus infinitas infinitas buenas intenciones.

Agradezco la conspiración de tus malicias, el amor que adulteraste en mí y esa despedida que me colgaste en el balcón.

Suerte.

Espejismo

 

 

 

 

 

 

 

 

fue un destello tan intenso que opacó los días

fue arrollo de frescura que apagó mi ansiedad

eran notas que danzaban de candor y alegría

eran gotas diminutas destilando felicidad

 

un sendero pintoresco robó toda mi atención

unos bríos muy hermosos adornaban ciertas huellas

y lograron convencerme de morar en tal visión

recostándome en su voz, admirando aquella estrella

 

pero fue tan intenso que antes de ser, se volvió recuerdo

y las calles se vistieron nuevamente de silencio

fueron tantas las caricias que quedaron en mis manos

y los besos que sobraron van descalzos en mis labios

 

creo ahora entender aquellas horas invisibles

los intentos evaporándose al calor de tus después

ahora entiendo las razones que adiestraban tu cansancio

ya tu tiempo se restaba en mis brazos y en mi voz

 

no te afanes, no te apures contrastando tu partida

porque el tiempo no da tregua con tus planes de mujer

ve tranquila al lugar a donde huías con tu mente,

ya mis noches te extrañaban aun estando junto a mí

Ocaso

 

 

 

 

 

 

 

Tu mirada ya no asoma en el ocaso,

ni tus manos se acomodan en mi cerviz.

El hueco de tu voz adultera mis noches

y los aires de este invierno solo van a ti

El silencio impregna este vacío,

las luces palpitan leves en tu calle.

Mis noches aún acampan al pie de tu delirio

esperando alguna duda en tu razón.

Pero tu sonrisa ya no enciende mi sol,

ni tu calma dormita ya en mi colchón.

Sólo tus olores condensan este ambiente,

envenenan los misterios de algún corazón.

Ya no sé dónde guardaste aquella luna,

aquellas gotas que la lluvia nos cantaba.

Ya no sé cómo encontrarme con sus huellas

¡tanto tiempo ha golpeado mi cabeza!

Si algún día te asomaras por mis letras

brindaría con mis versos por tu belleza.

Si llegaras a comprender estas carencias

Te diría que no vuelvas, que cerré todas las puertas.