Vorágine

Soltar el deseo, encender una vela, callar las razones, borrar las ideas.

No es fácil vivir sin vos, sobre todo cuando tu nombre agota el silencio en el que me envuelvo; porque debo reconocer que aun cuando mi voz no entibie el reflejo de las letras que formaba aquellas frases que perdíamos en intentos, sigue aletargada en un par de sorbos del amor aquel que atiborró nuestras bocas, con el que nos sacudimos lo que alguna vez amamos y  estando juntos no existía más.

Debo admitir que en un salto de tu cuerpo al vacío aprendí la lección, que desde aquel día que domesticaste el libido y te ausentaste en el pudor, mis sueños dejaron de ser húmedos en el marco de tu humanidad dormitando con un leve silbido que enviciaba de inconformidad a la nocturnidad, tal vez por el desatino aquel que tu elocuencia parió en medio de la crisis, en medio de los llantos y demás.

No pude conversar esa última preciada ocasión sobre los misterios que escondía el incógnito desenlace que nos desvanecía los planes, hubiera querido redimir las causas que alguna vez nos llevaron al mismo lugar donde esa misma noche rompíamos el pacto que nunca comprometimos.

Fue difícil entender que mientras mi espíritu escarbaba en lo hondo de mis años por el brío que sabía que merecías –y creo que aún mereces-, tus ojos revoloteaban entre el presente y el pasado en una vorágine de indecisión. No sabía que tus noches era aún más largas que las mías y que tus pasos aceleraban los míos en aras de aprovechar el camino que aún podías recorrer. Ocasión, que hoy entiendo, no desaprovecharías.

¿Qué más? No puedo esperar algo más, este amor es indiscriminadamente tuyo y de los labios que bordearon mis sueños. No puedo esperar más porque la angustia de perderte noche a noche me gobierna la paciencia y desata la patética conformidad de aceptarte ausente, aún conmigo.

Nunca he servido para despotricar, mucho menos en tu contra. Por lo tanto, no haré nada que te lleve una sola gota de hiel, no diré las condiciones a las que mis soles se enfrentan en su fallido intento por obviar, por olvidar y por aprender la lección tan puntual que me dejaron en los huesos tus infinitas infinitas buenas intenciones.

Agradezco la conspiración de tus malicias, el amor que adulteraste en mí y esa despedida que me colgaste en el balcón.

Suerte.

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