Carta ocho

Hace ya un buen tiempo, escribí una serie de diez cartas.

Hoy quiero compartirles una de ellas, es la carta número ocho.

Carta Ocho

Se ha hecho tarde,  el tiempo oscureció el camino que conduce a mi casa, pero esta noche aún no quiero llegar. Es una sensación rara; las luces amarillas de las lámparas muestran el frágil goteo de la lluvia que recién termina, reflejándola en el suelo que espera mi andar para chasquear el agua bajo mis zapatos.

A mitad del camino una banca guiñó su ojo imaginario y me convido a acompañarle bajo la tenue luz de la luna, la misma que se ha mecido conmigo en el patio de mi casa tras el humo del cigarrillo que me da sus buenas noches. Ahora me saluda con una leve sonrisa, y torna la brisa en un fino abrazo que invade mis pulmones de algo semejante a la esperanza.

He improvisado papel y lápiz a lo largo del cielo, trazando estas líneas que evocan un sentimiento audaz que engulle mis templados intentos de olvidar. Esos intentos de no volver a tocar esa canción que conmemora el amor, que libera en el ambiente esa sensación de funeral ante un recuerdo que insiste en tropezarse con mis descuidos emocionales.

No sé de qué trata esta carta, pero necesito comprender el estado de mi vida. Necesito inmiscuirme de una sola vez en mis sueños y cumplirlos. Así como tantas veces contribuí a esa sonrisa que aún me produce escalofrío al recordarla, la sonrisa de esa mujer que dobló mi vida en tantas partes que ahora no sé como borrar esas arrugas. Así como tantas veces volé dentro de casa, para girar el mundo en un minuto y regresar con las manos vacías, de tanto esperar, de tanto recordar, de tanto amar… No sé, pero tengo una sensación a paz, a lo mejor es la misma sensación que queda después de una guerra, en las que el silencio se ve de vez en cuando interrumpido por el crujir de los escombros cediendo ante tanto daño.

Ella fue la mejor, de las que conocí y las que seguramente conoceré. Se deslizó por mis días con tanta elegancia que pareciera que le pertenecían. Ondeaba el aire con su prodigioso andar, y entumecía mi mirada al perseguirla por toda la sala.  Sugería beber un vaso con agua aún cuando te tenía sed, pues quería verla levantarse para esculpir nuevamente su espalda con mis deseos.

Pero eso terminó. No podía comprender la dimensión de los hechos hasta que el calendario que tenía como testigo de tantos días, sugirió su vejez con un tono amarillo en su piel de papel. Los números no se sumaron a nuestro tiempo, pero los días siguieron transcurriendo como el inevitable paso de un río, que no da tregua a los ciervos que quieren cruzar para seguir con su andar. El tiempo fue mi peor enemigo, y ahora se ha vuelto mi aliado incondicional. Me ha reprochado en más de alguna ocasión el haberle odiado tanto, recriminándomelo con un poco de nostalgia ocasional… como la de hoy.

Hago una pausa, dejo de escribir. Pero mi mente sigue conjugando verbos que calan mi sentir. Sigue extrañando ese olor piel húmeda, a cabello enjugado, esa imagen de hombros recogidos y un tanto erizados por el acercamiento de mi boca. Sus brazos ligeros como los minutos que ahora recuerdo, dejándose atrapar por mis manos que acaparaban su atención con un leve suspirar. Esa misma atención que no volvió a posarse en mi hablar, que nunca más contestó el teléfono, ni devolvió ninguna de mis llamadas.

Pero no siento más tristeza, tal vez sea resignación. A saber que no volveré a verla, a saber que su tiempo ha terminado en mi redacción. Tal vez sea aceptación, el comprender que la vida es más que esperar, aún hay tiempo para luchar, para caminar, para ayudar, ¿y porque no?, para comenzar.

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