¿Recuerdas?

¿Por qué te escondes?

¿Por qué huyes hasta el borde de la nostalgia? Ahí donde se juntan mis preguntas con tu silencio. Ahí mismo, donde tu olor sigue ardiendo en mi nariz. Porque aun cuando te sacudas de la conciencia los desvelos que satinaron nuestros borrosos encuentros, sabes bien que enviciaste de deudas mis labios, que doblegaste las escenas donde siempre mi porte se vio dócilmente extasiado de tu simple mirada. ¿Cuánto de tu voz aún deambula por estos lados? es un enjambre de carencias que mastico ayudado de alguna malograda fotografía que encontré en internet. Porque ya no tengo nada de vos, ya no te busco por miedo a encontrarte, siempre tan adornada de los favores que la luz despliega sobre tu indiscutible belleza.

Estoy seguro que ahora mi nombre se te pierde como hoja en otoño, que los rasgos mi espalda no anidan más en la memoria de tus manos y tus ojos reparten miradas en lugares que nunca conocí. Sin embargo sé dónde encontrarte, pero me resguardo en el último recuerdo que me enmarcaste en la frente para evitarme la pseudo sorpresa de ser atendido en la puerta por alguien más.

Y así, me enveneno de vez en cuando contando historias que mienten sobre nosotros, salgo los viernes buscando un poco de vos en otros ojos, busco en los cigarros los besos que rebalsaban de humo en tu boca, las luces de neón que te salpicaban el pelo de alegría fugaz, te buscó allá donde hicimos amigos de los que nunca recordé sus nombres, donde fantaseamos sobre los años que venían según los tragos que nos dosificamos con la premisa de, cada uno por su lado, olvidar sus demonios. Los mismos que nos empujaron al charco donde nos conocimos, los mismos que ahora se nos cuelgan de las fechas y nos sirven de coartada para no perder la compostura que tanto nos exige la melancolía.

Y amanece de nuevo y el Lunes es demasiado normal para soportarlo, y conduzco a mi casa y trazo un par de excusas diarias para buscar la coincidencia de pasar frente a tu casa; y la puerta luce igual, los vecinos parecen ser los mismos, las noches parecen haberse quedado suspendidas en la humedad del recuerdo que sigue al pie de la cochera que más de alguna ocasión nos sirvió de escondite para atiborrarnos de besos.

Pero sigues ahí, en el mismo lugar, saliendo y entrando a las horas de siempre, viendo los mismos programas, con los afanes aquellos que alguna vez me compartiste y de los que me sentí partícipe, sigues ahí, sin darte cuenta del calendario, del reloj, de la fotografía polaroid que nos tomamos cierta noche y que seguramente yace desteñida bajo tu cama.

Yo, escribo las memorias que seguramente no te permites recordar.

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