Enero bisiesto

El tiempo se me incrusta en los párpados, la pesadez de un enero incomprensivo me revolotea en las mañanas, la brisa con sabor a vacío argumenta los toques de ansiedad que emanan de mi café ya frio por el asomo de los recuerdos. Es así, enero es el gran lunes que siempre me cuesta digerir, es el inicio de lo mismo de siempre con toque de añoranzas por lo que en su momento pareció simple y hoy resulta un tanto extrañable. Los momentos que acaban de suceder se pintan ya desenfocados y en tonos desabridos, pero sus olores se vierten casi intactos y es entonces cuando esa sensación de algidez retuerce mi insatisfacción.

Y la gente se va quedando atrás, los árboles se secan y reverdecen, las paredes se pintan de pasado y un retoque insinúa que no ha pasado nada. Los perros se pierden o mueren, los niños crecen y aquella inocencia deja de ser característica de su mirada. Las calles cambian de sentido, todo se hace cada vez más pequeño, respirar se vuelve cada vez más difícil y las noches no son tan cálidas como antes, el bullicio ahora apaga el canto de los grillos y el cigarro dejó de ser atractivo porque ahora sí es un vicio.

Pero ya no sé qué extrañar, hace no sé cuánto dejé de contar el tiempo, dejé de mirar al cielo. Ya no sé si la sensación de soledad es bosquejo de serenidad, tampoco sé si interpretar el silencio como madurez, o la distracción como el principio de la concentración. Lo cierto es que la suma de lo incierto me adeuda ya un par de explicaciones, preguntas que nunca pude hacer y otras que no quise responder. La lluvia de letanías que antes diagnosticaban mis esporádicos razonamientos ahora se pierden y me observan en vilo de algunas letras que hagan izar una vez más aquellas intrépidas aseveraciones de lo que según yo me acontecía.

De repente, tropiezo con nombres, con lugares que justo a punto de olvidar vuelvo a ver y me entero de lo que sucedió, y me observo cual alma paseando fuera de su cuerpo, construyendo historias que volcarían el mundo que me contenía, improvisando refranes, adulterando verdades, pregonando la seguridad que nunca tuve y hoy necesito. Me veo caminando en direcciones que ahora evito, haciendo amistades que ya ni recuerdo, viviendo una vida que nunca me perteneció.

Ahora suena la música de siempre, y el deseo de entender el porqué de tantas causas perdidas me retrae. Y viajo, y llego a las lunas aquellas que morían por bañarse de miel, y en lo alto de una crisis diviso el horizonte que dejé atrás, aquel que muy a pesar de todo nunca fue tan malo como siempre dije que era.

El futuro no pinta tan mal, pero el presente sigue siendo solamente un puñado de letras.

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