Manifiesto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y así me fui gastando la vida, jugándome el pellejo con saltos de agujas en el reloj,

así vocifero las coplas que me encargaste lejos del balcón donde anidé un día,

así me pierdo en lo inverso de lo cotidiano, en la angustia de cuando no pasa nada,

así se me traspapelan las notas del silencio roto que cuelga de un torpe no sé qué.

 

Fueron los días y las horas en los que mis ansias galopaban feroces y sin temor en las sórdidas mañanas, lentas, tristes, frías, llenas de recovecos insípidos y pálidos, rodeadas de estelas de fantasmas que sacudían los frutos podridos de los árboles aburridos de reverdecer solo porque sí. Las canciones me ceñían los huesos y me azotaban como gotas gruesas después de la lluvia. Fueron los vientos y sus anticuados intentos por hacerme soñar, las lunas infieles y sus máscaras de cada uno para cada cual, era mi habitación de todas partes y sus luces difusas de aparente hogar, eran los años que palidecían en la añoranza de los meses que los formaron, fueron las ventanas que se cerraron impávidas ante el holocausto de los horizontes febriles, era el humo del cigarro que ya no danzaba en su romántico vaivén a causa del impulso de su tos seca, fueron las ropas viejas que atestiguaron el guión de una historia con olores de libros polvorientos, eran las apuestas improvisadas frente a los charcos de unos ojos grandes y firmes como de muertos, eran las deudas milenarias vestidas de cotidianidad para versar las mentiras que brotaban desde la banqueta, los domingos austeros conclusiones, las tardes acaloradas y con manifiestos inverosímiles que no alcanzaban el rango de excusas, eran tus manos y mis manos, el borde del abismo siempre con sus ofertas de verano en pleno invierno, eran tus maneras de amor.

 

Así fui ensanchando el aire, fui adormeciendo el universo, fui pregonando de lo incierto,

así se me pasa la vida escribiendo cosas que aún no entiendo.