trino

Me gusta soltar y arder en silencio, contemplar a la gente en pedazos dispersos sobre sus ideales, me gusta entender que nada es para siempre, y que el orgullo es una distancia más larga que el olvido. Me gusta saborear el desengaño salado que cuelga de mi mentón, no por afición, sino por humanismo. Me gusta saber que los días son impredecibles y que la angustia de no saber es inferior a las ansias de olvidar certezas.

Y cuando me rompo me gusta quedar como suelto en el tiempo, en el aire, en el viento; y cuando te vas me gusta despedirte infinitamente con la convicción que tu sombra te sigue a cuestas. Porque me gusta pensar que en tus caminos se desandan tus intenciones, y que tus horizontes se alocan con acuarelas de nostalgia y olores de sudores que tientan tu mirada hacia atrás.

Me gusta pensar que somos charco, el agua que caprichosamente acampa sobre los huecos de la tierra, sobre el que miles de autos pasan y ninguno logra vaciar. Me gusta pensar que somos deuda, aquella que te persigue aún mientras duermes y te sorprende tocando la puerta a la hora del desayuno.

Y cuando me gasto me gusta hacerlo sin contemplarme la sangre, sin medirme en retroceso, sin quejarme del tiempo. Porque cuanto te entregas lo haces sin miedo, sin treguas ni enredos. Por eso cuando regresas, el sol quema un tanto menos y la lluvia refresca un poco más.

Me gusta perder con apretones de manos, con espaldarazos sonrientes, con medias vueltas calladas. Me gusta que duermas sin sueños, que sueñes despierta. Me gustan tus brazos cuando me aprietan y tus piernas cuando me tientan.

Me gustaría que entiendas que mis noches se prestan de templo y orquesta cuando tus ojos me encuentran. Que aún sobre los escombros de tanta miseria te haría el amor y cenaría cada noche contigo.

ergo, septiembre

 

Septiembre me de despertó de golpe.

La noche anterior dibujaba senderos en el cielo con mis dedos, sonreía febrilmente y me desvanecía en la pacífica sensación de bienestar. Los olores, como en una caprichosa despedida explotaban en el aire, las sensaciones brincaban incansables a la orilla de la cama y un clemente invierno adornaba la nocturnidad que asomaba en mi ventana.

Ya no recuerdo esa noche, tal vez nunca la viví, o la soñé, o me perdí. No sé. Pero antes de ser, había terminado, fue cuando el sol me arrancó la tibieza del crepúsculo y la fila de palabras marchando tras la Diana estridente compuesta de “porqués”. Abriendo fuego en una solemne ejecución de juicio sumario que desorbitó mis ojos en busca de una trinchera que me brindara la leve esperanza de salvación.

Entonces asomó Septiembre, con sus ropas limpias y barba muy bien afeitada, típico de un primero de mes. Hice un gesto de tregua y coartada, guiñé el ojo por las generalidades del cliché y en un gesto de recién asustado erguí mi humanidad y saludé al viejo amigo, que dicho sea de paso, traía su nombre tatuado con s minúscula. Para variar.

Una lista despotricaba en mi contra, sin tomar aire, ni pausas, ni ausencias y me sacudían la sonrisa pasmada que recién cosechaba mi boca gracias a los estímulos gloriosos de la serenidad. Me hacía preguntas y no me daba tiempo de contestar, porque le contaron que hacía un rato mi nombre deambulaba por los callejones de conversaciones sin final, que mi lengua, títere de mi imprudencia, salivaba las cartas de alguna desdichada mujer, cuyo infortunio era tal, que no sabía leer.

No tardé mucho en armar la lección, comprendí entonces de qué se trataba. Lo había enviado Agosto, el mismo con quien tuvimos –para no variar- varias fechas idílicas y trastocadas por los escombros de sus vejestorios ancestros.

Y aquí estoy yo, a cinco días del arribo de este Septiembre que hoy, menos que nunca trae en su repertorio alguna conciliación. Más bien, comienzo a pensar que me prepara para su final, uno atípico y congestionado.

¿Qué hacer?

Nada. Esperar que al llegar a su tercera edad me compense esta broma de mal gusto, dejándome de brazos cruzados, tiritando y desvencijado, justo cuando celebro mi natalicio. Ojalá me devuelva el abrigo aquel, mira que septiembre llueve de adentro hacia afuera.

Y sin embargo amor.

Y sin embargo, amor, a través de las lágrimas,
yo sabía que al fin iba a quedarme
desnudo en la ribera de la risa.

Aquí,

hoy,
digo:
siempre recordaré tu desnudez en mis manos,
tu olor a disfrutada madera de sándalo
clavada junto al sol de la mañana;
tu risa de muchacha,
o de arroyo,
o de pájaro;
tus manos largas y amantes
como un lirio traidor a sus antiguos colores;
tu voz,
tus ojos,
lo de abarcable en ti que entre mis pasos
pensaba sostener con las palabras.

Pero ya no habrá tiempo de llorar.

Ha terminado
la hora de la ceniza para mi corazón.

Hace frío sin ti,
pero se vive.

 
Roque Dalton