ergo, septiembre

 

Septiembre me de despertó de golpe.

La noche anterior dibujaba senderos en el cielo con mis dedos, sonreía febrilmente y me desvanecía en la pacífica sensación de bienestar. Los olores, como en una caprichosa despedida explotaban en el aire, las sensaciones brincaban incansables a la orilla de la cama y un clemente invierno adornaba la nocturnidad que asomaba en mi ventana.

Ya no recuerdo esa noche, tal vez nunca la viví, o la soñé, o me perdí. No sé. Pero antes de ser, había terminado, fue cuando el sol me arrancó la tibieza del crepúsculo y la fila de palabras marchando tras la Diana estridente compuesta de “porqués”. Abriendo fuego en una solemne ejecución de juicio sumario que desorbitó mis ojos en busca de una trinchera que me brindara la leve esperanza de salvación.

Entonces asomó Septiembre, con sus ropas limpias y barba muy bien afeitada, típico de un primero de mes. Hice un gesto de tregua y coartada, guiñé el ojo por las generalidades del cliché y en un gesto de recién asustado erguí mi humanidad y saludé al viejo amigo, que dicho sea de paso, traía su nombre tatuado con s minúscula. Para variar.

Una lista despotricaba en mi contra, sin tomar aire, ni pausas, ni ausencias y me sacudían la sonrisa pasmada que recién cosechaba mi boca gracias a los estímulos gloriosos de la serenidad. Me hacía preguntas y no me daba tiempo de contestar, porque le contaron que hacía un rato mi nombre deambulaba por los callejones de conversaciones sin final, que mi lengua, títere de mi imprudencia, salivaba las cartas de alguna desdichada mujer, cuyo infortunio era tal, que no sabía leer.

No tardé mucho en armar la lección, comprendí entonces de qué se trataba. Lo había enviado Agosto, el mismo con quien tuvimos –para no variar- varias fechas idílicas y trastocadas por los escombros de sus vejestorios ancestros.

Y aquí estoy yo, a cinco días del arribo de este Septiembre que hoy, menos que nunca trae en su repertorio alguna conciliación. Más bien, comienzo a pensar que me prepara para su final, uno atípico y congestionado.

¿Qué hacer?

Nada. Esperar que al llegar a su tercera edad me compense esta broma de mal gusto, dejándome de brazos cruzados, tiritando y desvencijado, justo cuando celebro mi natalicio. Ojalá me devuelva el abrigo aquel, mira que septiembre llueve de adentro hacia afuera.

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