Insomnio de colores

Sería genial arder por las mañanas y evaporarse para andar por ahí, en los pulmones de los árboles, revolotear junto al viento y sacudir las hojas que se vencen y danzan hacia el suelo. Sería genial ser agua y correr libremente sin escoger caminos, no preguntar y simplemente llover por vocación. Sería genial ser tierra y vestirse de verdes y marrones, agradecer las tormentas y el incendio del sol, y estar ahí, y servir, y vivir, y dar vida.

Sería genial ser barca y con ímpetu romper las aguas, ser dueños del mundo sin cobrarnos una gota. Perdernos en la odisea de un viaje infinito que nos lleve a la muerte y nos devuelva la vida, salpicarnos de la ruta sin perder la paciencia, ser parte del horizonte y conjugarnos con la silueta del alba en su asomo a la libertad. Sería genial dormitar en la cuna que mecen las aguas sin tregua y alucinar colgado de las constelaciones que brincan del infinito hacia la cubierta.

Sería genial ser soledad, ser silencio, ser vacío. Ser motivos y razones para debatir en silencio, armando monólogos al tiempo y en la miseria del fondo de nuestras inconformidades ascender de un solo suspiro. Ser un breve soplo al oído, un murmullo que ahuyente las ansias y deje absorto sin entender porqué. Sería genial ser el hueco de algún intento, la manta de algún frío, la copa de algún vino.

Sería genial olvidar  y entender la vida de una manera diferente, cuajar lágrimas por cosas livianas, pintar óleos sin experiencia sobre lienzos improvisados pariendo nuestras ideas, estirar sonrisas demenciales que inventen razones para no renunciar. Sería genial caminar y amar cada paso,  confiar sin pruebas, cumplir sin prometer en nombre de la sangre, perdonar sin balanzas, entender sin explicaciones, amar y punto. O morir en el intento.

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