Exilio

Exilio

De este lado del exilio la luna no mengua jamás, los años desaliñados vienen como puñados de indigentes empujándose unos a otros, como con ganas de llegar de una vez, pero aún sin saber porqué. Las ganas son un torpe instinto sin olfato que no encuentra cómo andar, a veces me las quito con un poco de mar, otras las manoseo desde mis bolsillos como prometiéndoles mentiras, otras tantas las pongo a dormir a fuerza de alcohol y las observo sin saber qué hacer.

Ya no miento, soy tan pésimo en el hecho que dejé de intentarlo hace un buen tiempo ya. Dejé de construir historias y cambiarlas en pleno discurso, ya no busco los bordes de las cosas, me entretengo senilmente en el medio, en los huesos que se mueven despacio, en las noches que evocan despojo.

Conservo la misma guitarra que sigue soñando con celebrar alguna canción completa, porque por más que lo intenté todas las que aprendí fueron a medias. Algunas sin introducción, otras sin estribillo, la mayoría de ellas con acordes prestados y todas con un tono diferente al de mi voz. Me olvidé de escribir a mano, de los trazos que tanto practicaba en la bonanza de mis desvelos, de los óleos y su delirante olor diluyéndose con el del aceite; olvidé el procedimiento de desenvainar espadas, la sutileza de encender miradas desconocidas. Olvidé los inicios de las conversaciones interesantes, las direcciones de los bares y los amigos de una noche con los que uno confiesa la vida entera y luego nunca los vuelve a ver.

De este lado de la acera los conflictos se resuelven con ron, la gente camina más despacio, las modas son un mito y el ruido del cotilleo no ensordece más. Los bares cierran temprano, las luces son más amarillas, los calendarios son especímenes que nadie nunca ha podido ver.

Es normal que la gente odie lo que una vez amó, puede ser. Pero no es sensato. Es terrible ir por ahí reduciendo los recuerdos a escombros amontonados en algún callejón, pretender lucrar el alma con la experiencia que dejó lo que ahora se etiqueta de inservible.

De este lado de la vida no olvidamos a nadie, agradecemos las moléculas que formaron la saliva de los besos que luego supieron amargos, versamos tiempos en re menor con la cadencia que hilaba en nuestro torrente sanguíneo una simple sonrisa. No acusamos a nadie de la felicidad que fecundó en nuestro llanto, no perdemos el tiempo preguntándonos cosas.

El exilio no siempre es malo, tal vez, nunca fue tan bueno.

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