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Hinchar el pecho se vuelve cada vez un acto propio del masoquismo, una inversión de pocas rentas, es como un montón de “todo va a estar bien” arrugados en el fondo de mis bolsillos, húmedos, rotos. Pero sigo escribiendo convicciones con el índice, sobre los bordes del cielo que me va quedando sin ocupar; y la gente camina, deambula despacio sobre realidades alternas, sobre cadáveres algodonados y perfumados con fragancias que pregonan control y equilibrio. Ya los dolores no duelen como antes, ya no claman por atención, son torpes demonios que desmenuzan la paciencia y van sonriendo sin dientes, fingiendo arder en la tibieza de mis pliegues.

Ya no sé dónde estoy, tal vez tantas eternidades fueron construyendo una nada demasiado colorida, tal vez aún estoy vivo, tal vez es solo un poco de aversión a las páginas recién escritas, una forma de berrinche cíclico al entender que los caminos recorridos en invierno hoy si visten de otoño y nunca debió ser el fin mi destino, sino el viaje sin precedentes que emprendí con total ignorancia, pero también con audacia y entusiasmo de sobra.

Las declaraciones de amor que agrietaban el planeta cada vez son más parcas, o más sinceras, o más tercas, yo no sé. Y mi voz se mece cada vez más senil sobre los nombres que se esconden tras el anonimato de las minúsculas, y en mis brazos siguen aterrizando historias desangradas, teñidas de vanidad, como una cartografía del pecado, como un abismo al que se baja en ascensor.

Voy domesticando ideales, saboteando brújulas, cambiando rótulos de destino para convencerme que los pasos andados no me restan vida, voy retrasando relojes, escondiendo calendarios, conservando amores como ideales, sentimientos que tal vez son espejismos monocromáticos y mudos, alimentos mosqueados que no invitan más que a huir y perder.

Pero la música me trae alivio, me habita sin remordimientos, me lleva sin apremio sobre el tiempo, me hunde y me regala pequeñas utopías envueltas en sonrisas sin premura, me sana más de lo que me lastima y luce orgullosa los tatuajes que de puerto en puerto contrajimos como anillos de nupcias, como legado de máxima intimidad.

Soy un poco más viejo que cuando comencé a escribir este suspiro, pero la comprensión me llega a cuenta gotas, la quietud me envuelve con sus “todo pasa” y entonces pienso que ya he escrito suficiente por hoy, es el turno de mi guitarra y no sé por dónde comenzar.

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