Calla

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Calla, ahora estás al alcance de mi boca,

de mi espacio y sus clásicos zumbidos

ahora estas más pegajosa de tus dedos,

más plural de tus destellos, más verde.

Calla de tu ruido, de tu razones, de tu invierno,

vierte la noche por las grietas de este tiempo

que mi claros no entienden de estaciones,

ni mis formas de intenciones ni complejos

Junta tus manías y atízalas en mi garganta

desciende mis caminos y huye al placer

a la amalgama de mi savia y tu sudor,

al estallido de nuestras venas.

Calla y vuélcate sobre la humedad,

cede a los jilgueros el silencio

y acércate, acércate un poco más,

veamos morir este nuevo escalofrío.

Ahora estas más al alcance de mis miedos,

de las sumas de lo eterno moribundo,

calla, o desátame el diluvio

pero arráncate el vestido de un tirón.

Opio

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No sé si te quiero

 

Sé que amo tus pómulos huesudos

llenos del ferviente rubor de tus años,

tal vez tus lecciones mientras dormito,

o los aterrizajes forzosos sobre tu vientre.

¿Recuerdas?

Las ciudades sucumbiendo a nuestro paso,

El aire incendiándose con nuestros olores

Y de golpe el silencio, la muerte súbita de tus ojos.

Iba a tus funerales muy enfermo de tristeza,

me embriagaba antes de llegar para no sonreir,

luego llegaba a casa, hablaba con el perro

mientras trataba de hacerme saber que moría de hambre.

Y salía de nuevo a tu encuentro,

estabas ahí, recostada en la misma barandilla

y nos molíamos a besos, y me decías ‘te quiero’

con una voz gastada y olor a semen en los labios.

Y te quería con fervor patológico, con frenesí, como filia,

entonces me pedías que te llevara a casa

y me decías ‘no sé si te quiero’ mientras te desnudabas.

Pero de tanto me gasté los recuerdos,

ya no había nada, sólo los bultos de nuestros cuerpos

despidiéndose sin hablar ni mediar un solo beso,

Entonces volvía de nuevo a tu entierro,

acudía dos veces al mes y vos me comprabas el periódico,

no entendía cómo siempre estabas ahí,

pero tus brazos largos me alcanzaban,

tu pelo se enredaba mis intentos de apelar

y nos rompíamos el pasado sin piedad,

y desdeñabas mis argumentos

señalándome la puerta, obligando la partida

pero antes de salir me repetías muchas veces

‘no sé si te quiero’ pero no tardes por favor.

Statu quo

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Sucede que me desarmas, de manera constante e inequívoca; con la audacia de quién tropieza con la porcelana de la abuela, me desarmas con la turbulencia de tu paso que gira siempre en la dirección contraria. Sucede que me pasas en las noches negras de tinta indeleble, en los inviernos que se improvisan bajo la sábana, en los feriados sin prisas, en las canciones que nunca te dediqué. Y emprendes el vuelo y maniobras en mi horizonte de cielo raso, y te marchas humeando una estela parecida al desamor, y salgo, me cuelgo de tu ventana para ver si ya estás triste de tanto no volver. Pero tus ojos parcos no necesitan humedecerse, erigen imperios que forjan fronteras y te desdoblas para merodearme con tu danza del pecado, sorteando estocadas con tus caderas incandescentes. Y amanezco con el peso del sol en el rostro, y estás ahí, tras el limbo de tu ausencia, atropellada por la fatiga que causa romper promesas, instalada de nuevo en los claros de la certidumbre de lo que se ve, de lo que se palpa, aunque a veces sea más incierto que lo etéreo. Ya mi sombra no se asombra de tu paradero, ni mis muertes agonizan en tus huecos, tú y yo somos cómplices en los artes de envejecernos los intentos, en la construcción de lluvias, en nuestro show privado de marionetas derruidas. Me sucedes mucho más de lo que existes, y al mismo tiempo me sirves el café con tanta pericia y desenredo que podrías disiparme los miedos, o tal vez inspirarme un par de sonetos o alguna línea que profese lealtad en horas no hábiles, o alguna canción malograda conducida por tuertos estribillos. Pero me desarmas, con la franqueza los bolsillos que se saben rotos, con la frialdad de un pasamanos, con la elocuencia de un poeta triste, con el agravio de no haber aprendido a remediar. Estamos ya muy lejos del principio, y las naves que nunca se quemaron tampoco volvieron,  los perros nos observan con infortunio y las paredes guardan silencio, el hábitat de nuestros roces de piel condensa la inoportuna necesidad y de nuevo estamos ahí, parados frente al otro, haciendo preguntas sin signos de interrogación.

“¿Qué hago ahora contigo?
Ahora que eres la luna, los perros,
las noches, todos los amigos.” -Silvio