Espectro

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Padezco tus vacíos, los huecos que vas dejando en mi serenidad, la misma que ahora se estremece como el vaivén de los diábolos en el vértigo de la caída. Y yo te espero con el pelo mojado, con la comisura de una sonrisa entrenada y las manos pálidas, acalambradas de frío y con olor a moho. Sólo me calienta la idea de tus frenéticas historias enredadas entre trago y bocado, el trote de tu pelo conteniendo el universo y el color de tu voz enderezando las esquinas. He sorteado ya suficientes tristezas, es como la cronología de la angustia voluntariosa, como el insomnio de una espera falaz, como de un zumbido. No veo la hora de hacerme el distraído, he domesticado la casualidad con audacia circense y tengo el número correcto para tu aparición. Pero el tiempo se me escarcha en los párpados y los días se derraman como gotas forjando estalagmitas sobre mi espalda. Y las sombras que pincelan las aceras acuden puntuales a la cita, y cada día es un espectáculo de nostalgia colándose entre las hojas de los árboles; el hábitat de mi espera es una ópera de ruidos que nunca envejecen y justo en su cenit nada pasa, colgamos las luces y recogemos la utilería. Vuelvo a la catarsis, al momento de quemar junto al tabaco las palabras previstas y repaso el monólogo escondido bajo la lengua, mis ademanes cada vez más cansados y aburridos de repetir el acto, vuelvo a la preguntas, a tu nombre y su sílaba tónica, vuelvo al bolígrafo, al papel, a la silla vacía que come a mi mesa siempre sin mí. Siempre sonrío por si me observas, con una mirada desequilibrada yergo mi humanidad calamitosa que insinúa sosiego,  camino hacia la ventana para cerrarla con desdén y echo una mirada al hombro con la discreción de quién se sabe observado. Ya no me quedan momentos sinceros, porciones de vida dónde no me ocupe de tus misterios, a veces me encierro en el baño sólo para alejarme de tu espectro. Y después de todo, cuando el silencio me escuece entre las sábanas, dejo caer mi mano al piso para disfrutar su gélida caricia, y entonces ya no estás. He vuelvo a superar tu huída, estoy conmigo en un leve abismo que me seduce al cansancio, seguramente por piedad.

 

“Cartas que nunca se envían,

botellas que brillan en el mar del olvido” 

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