Convengo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

convengo asirme a tu estrecho querer

selectivo, como la innecesaria suerte

simple, como agua después de la sed

fugaz, como los bordes del atardecer

y no es que olvide yo los arrebatos

los muertos moderando la avenencia

los ecos de tu voz arrugando los intentos

o las deudas que cobraste ad honorem

es más bien, purgar las emociones

combatir la parsimonia con desgano

eludir la inevitable inconformidad

los días feriados y los domingos sin sal

convengo esperar el invierno bajo techo

los sauces no morirán para ese entonces

ni las nubes danzarán más alto

es cuestión de tiempo y un poco de cuero

para que los años me acomoden el desvelo

y los huesos achaquen mis remordimientos

convengo que quiero dejar de quererte

y mientras tanto lo logro, te quiero.

 

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Obituario

El tiempo de las velas se me ahoga, los mares se me pudren y las calles se marchitan. Ya nadie toca a mi puerta y tampoco adornan la pasta de algún libro con mi nombre, es que los tiempos de las dedicatorias huyeron de la monotonía que implicaba verme juntar cicatrices y hacer con ellas mapas y estrategias fallidas.

Los amigos alcanzaron la cuota mínima, ahora suman uno y medio. Los tiempos de múltiples compañías e incansables camaraderías se drenó junto a los años. Es normal entonces que las rodillas comiencen a doler al mismo tiempo que los recuerdos.

Nada me espanta, porque rondé el mundo tomando fotos con mis ojos, descubrí el corto fondo de mi intrascendencia en un charco de lágrimas innecesarias y otras preocupaciones que fácilmente hoy me tienen sin cuidado. Sin embargo aún no desecho ciertas manías propias de la adolescencia, como pretender sembrar amor, ganar perdón, sanar el dolor, y olvidar los parte agua que los nombres con mayúscula dejaron tras de si.

Pero es inevitable comenzar a ver el retrovisor, bajar la velocidad. Es inevitable ir a la cama y mirar el techo mientras deambulo por lo que soy y quisiera ser, por lo que fuí y amé. Es inevitable despertar un día con veintitantas libras más y la frente un poco más amplia.

¿Cómo llega uno a donde nunca se dirigió?

A decir verdad me espanta un poco, me asusta contemplar la eternidad de los árboles, su insistencia en reverdecer porque sí. Espanta un poco no dejar de pensar, y quemar en silencio las angustias remediables de la edad.

Me espanta un poco acostumbrarme, me asusta mucho aceptar vivir como no quiero.

Y morir un poco cada día.

Inventario

Las cosas que me dices cuando callas,
los pájaros que anidan en tus manos,
el hueco de tu cuerpo entre las sábanas,
el tiempo que pasamos insultándonos,
el miedo a la vejez, los almanaques,
los taxis que corrían despavoridos,
la dignidad perdida en cualquier parte,
el violinista loco, los abrigos,
las lunas que he besado yo en tus ojos,
el denso olor a semen desbordado,
la historia que se mofa de nosotros,
las bragas que olvidaste en el armario,
el espacio que ocupas en mi alma,
la muñeca salvada del incendio,
la locura acechando agazapada,
la batalla diaria entre dos cuerpos,
mi habitación con su cartel de toros,
el llanto en las esquinas del olvido,
la ceniza que queda, los despojos,
el hijo que jamás hemos tenido,
el tiempo del dolor, los agujeros,
el gato que maullaba en el tejado,
el pasado ladrando como un perro,
el exilio, la dicha, los retratos,
la lluvia, el desamparo, los discursos,
los papeles que nunca nos unieron,
la redención que busco entre tus muslos,
tu nombre en la cubierta del cuaderno,
tu modo de abrigarme el corazón,
la celda que ocupaste en una cárcel,
mi barca a la deriva , mi canción,
el bramido del viento entre los árboles,
el silencio que esgrimes como un muro,
tantas cosas hermosas que se han muerto,
el tiránico imperio del absurdo,
los oscuros desvanes del deseo,
el padre que murió cuando eras niña,
el beso que se pudre en nuestros labios,
la cal de las paredes, la desidia,
la playa que habitaban los gusanos,
el naufragio de tantas certidumbres,
el derrumbe de dioses y de mitos,
la oscuridad en torno como un túnel,
la cama navegando en el vacío,
el desmoronamiento de la casa,
el sexo rescatándonos del tedio,
el grito quebrado, la madrugada,
el amor como un rito en torno al fuego,
el insomnio, la dicha, las colillas,
el arduo aprendizaje del respeto,
las heridas que ya ni Dios nos quita,
la mierda que arrastramos sin remedio,
todo lo que nos dieron y quitaron,
los años transcurridos tan deprisa,
el pan que compartimos, las caricias,
el peso que llevamos en las manos.

Joaquín Sabina

ergo, septiembre

 

Septiembre me de despertó de golpe.

La noche anterior dibujaba senderos en el cielo con mis dedos, sonreía febrilmente y me desvanecía en la pacífica sensación de bienestar. Los olores, como en una caprichosa despedida explotaban en el aire, las sensaciones brincaban incansables a la orilla de la cama y un clemente invierno adornaba la nocturnidad que asomaba en mi ventana.

Ya no recuerdo esa noche, tal vez nunca la viví, o la soñé, o me perdí. No sé. Pero antes de ser, había terminado, fue cuando el sol me arrancó la tibieza del crepúsculo y la fila de palabras marchando tras la Diana estridente compuesta de “porqués”. Abriendo fuego en una solemne ejecución de juicio sumario que desorbitó mis ojos en busca de una trinchera que me brindara la leve esperanza de salvación.

Entonces asomó Septiembre, con sus ropas limpias y barba muy bien afeitada, típico de un primero de mes. Hice un gesto de tregua y coartada, guiñé el ojo por las generalidades del cliché y en un gesto de recién asustado erguí mi humanidad y saludé al viejo amigo, que dicho sea de paso, traía su nombre tatuado con s minúscula. Para variar.

Una lista despotricaba en mi contra, sin tomar aire, ni pausas, ni ausencias y me sacudían la sonrisa pasmada que recién cosechaba mi boca gracias a los estímulos gloriosos de la serenidad. Me hacía preguntas y no me daba tiempo de contestar, porque le contaron que hacía un rato mi nombre deambulaba por los callejones de conversaciones sin final, que mi lengua, títere de mi imprudencia, salivaba las cartas de alguna desdichada mujer, cuyo infortunio era tal, que no sabía leer.

No tardé mucho en armar la lección, comprendí entonces de qué se trataba. Lo había enviado Agosto, el mismo con quien tuvimos –para no variar- varias fechas idílicas y trastocadas por los escombros de sus vejestorios ancestros.

Y aquí estoy yo, a cinco días del arribo de este Septiembre que hoy, menos que nunca trae en su repertorio alguna conciliación. Más bien, comienzo a pensar que me prepara para su final, uno atípico y congestionado.

¿Qué hacer?

Nada. Esperar que al llegar a su tercera edad me compense esta broma de mal gusto, dejándome de brazos cruzados, tiritando y desvencijado, justo cuando celebro mi natalicio. Ojalá me devuelva el abrigo aquel, mira que septiembre llueve de adentro hacia afuera.

Agonía

este es mi lugar,

este es mi lecho

estas mis letras

estos mis castigos

pude encontrar ahí el sol encumbrando mis ansias

las lágrimas que nacen del amor desmedido

los zapatos que apretaban pero nunca dejé de usar

los juegos interminables bajo el silencio de la noche

encontré el agua con la que enjugué mi rostro

los días que terminaban sin avisar a mis ojos

aquellos cientos y miles de razones de sonreír

y la felicidad embalsamada en su aliento fresco

busqué y encontré acertijos que despistaban mi vida

laberintos bajo el abrazo que prendía mi calor

innumerables palabras de amor calando en mis oídos

encontré su piel clara que desvestía mi paladar

pero no sé donde puse cada cosa que encontré

parece que huyeron de mis manos como aire

están tan cerca y tan lejos de mi convicción

que vuelvo a mí, y comienzo a creer que soñaba

no sé qué fué de su amanecer tan cálido y acogedor

sigue ahí, tras la puerta que disimula la noche

tras el orgullo bastardo que destiñe mi palidez

está en el ayer que viví y talvez no supe disfrutar

volveré a frío de la época con mis manos resecas

al polvo de su cabello olvidado en mi jabón

volveré a ser aquel que no encontraba camino

es que estoy comenzando a olvidar su dirección

este es mi lugar

estas son mis fuerzas

talvez mi último intento

talvez la agonía de un sentimiento 

Paz

Un minuto de paz

que me quepa en las manos

que soborne los llantos

que insinúe una trégua

que suavice las deudas

que amortice la caída

que enmudezca la noticia

Un minuto de paz

que provenga de tu boca

que me de la libertad

que procure claridad

que distraiga mis sentidos

que haga una pausa

en medio de tanto grito

Un minuto de paz

solo dame un minuto de paz

un tributo al pasado

un beneficio al futuro

un regalo al presente

dame un minuto de paz

abre tus oídos

cierra tu boca

pon atención

a lo que hoy te escribo.

ayer, hoy y pasado mañana

Quisiera encontrar lo que perdí

aquello que dejé atrás no sé cuando

los días sin fechas, los años sin pasado

andar descalzo como antes lo hacía

quisiera encontrar lo que perdí

lejos de mi camino, lejos de mi raíz

paz en medio de las noches ruidosas,

soledad de pensamientos ajenos

quisiera encontrar lo que dejé

sobre la mesa de algún bar

tras el último sorbo de alguna cerveza

lo que perdí mientras me distraje una vida

lo que junté en amor sin medida

quisiera encontrar lo que perdí

aquella tarde que compré mi boleto

cuando partí de mi casa con miedos

lo que dejé atrás siendo nadie

aquello que brillaba tanto

y ahora tirita ya muriendo sin saberlo

quisiera recuperar la ignorancia

la falta de atrevimiento

…en fín, he dejado tanto atrás

que no sé cómo empezar de nuevo