Padecer

5464759713356451

Mujer desparramada, fugaz, indiscreta

de tonalidades tercas y humor monocromático

me enamoré todo el día y parte de la noche

compusimos canciones de despedida

justo al borde de los compromisos

no hubo oxigeno como su aliento;

su lánguida existencia dominaba mi visión

austera de intereses y abominablemente clara

con ojos rumiantes que entorpecían mi equilibrio

densa en sus razones y desequilibrada en su pasión

corregía el sentido de las agujas de mi reloj

colgaba en mis ojos su intento de escote

y paría en mi pecho cada minuto de sus deshoras

mujer eterna, mujer sin tiempo

llevo mi centro encadenado a su sombra

y en las cuencas de mis ojos un poco de su ardor.

Deshoras

mats1A

Solía llegar siempre a tiempo, tarde, pero a tiempo.

Tus maneras no eran precisamente ceremoniosas, eras más bien un acento mal puesto, cabello suelto, piernas largas y descubiertas, una lluvia que desgranaba mis ansiedades y las esparcía con desorden armonioso, casi metódico. No buscabas, eras una máquina de encontrar. Eras muchas cosas, todas sin sentido lógico, eras palabras que mordían la dicción prolija e ideas de colores chillantes y de flor. Muchas veces viajé lejos de vos, eran desilusiones que vestían con elegancia, vestían las ropas de la oportunidad. Y la tristeza me enfermaba los pies y volvía a la cama hecho jirones de melancolía, caía lento, bruto, ni siquiera sabía cómo rebotar con la gracia característica de las escenas románticas. Entonces volvía, cogía un autobús y el corazón se me salía por la boca con la sola idea de volver; disfrutaba del viaje, horizontes que no vi al salir aparecían en el viaje de regreso. Llegaba a casa y me adornaba la espera tarareando alguna trova, de las más jodidas. Hacía la cama, la cena, y me sentaba a la mesa. Entonces vos llegabas y parecía no importarte, no preguntabas nada, entrabas sin saludar y tu olor se impregnaba en cada molécula que se insertaba en mi desdichada nariz. No era mi casa, las cortinas luego ya no eran familiares y el ruido del televisor alborotaba mi tranquilidad. Me ponía de pie y cuando había ya incubado en breves segundos mi lado más flemático me embestías con tu cuerpo huesudo, ardías del hielo al fuego en menos de lo que podía resistir. Y fumábamos como locos y las moscas danzaban sobre la cena. Éramos una torpe idea que se parecía al amor. Entonces callabas, dormías, roncabas y yo salía descalzo a caminar, bebía una cerveza y descansaba por un momento de mí. Entonces hacía maletas y cerraba la puerta despacio mientras fingías dormir, no quería volver y ni si quiera había terminado de partir. Siempre esperabas, hasta que un día volví y no estabas más. Todavía es de noche.

 

“Somos la pareja menos infinita y menos adánica

que podría encontrarse en estos últimos treinta años de historia.

Desde el punto de vista muscular

apenas hemos hecho poco más que dos perros.

Desde el ángulo cultural

hemos despertado bien pocas envidias.

Pero este amor nos ha devuelto mejorados al mundo

y, entre nosotros, inolvidables.

Ahora vamos a hacer que alguien sonría

o paladee un pedacito de dulce tristeza

hablando de nuestro amor en este poema”

-Roque Dalton

Postal

Postal

 

Quise encender los brillos parpadeantes de algunos recuerdos, andar los senderos polvorientos sin contagiarme de ellos, quise aplaudir en silencio, merodear los deseos y contemplar los años acumulados con sus irremediables lecciones al borde de cada conmemoración. Pero no contaba con la incandescencia que desbordaba los rincones, los clavos mutándose con la pared sugerían haber colgado historias que ahora se esconden en la humedad de un nunca más. Observé desde afuera, como quien aguarda en la puerta de la que fue su casa ahora vestida con muebles y cortinas desconocidas. Hay poco qué hacer frente a la tormenta que te abre los brazos antes de estallar, en medio de la nada y con el último cigarro recién encendido. Solo aletargar el paso. Volví al galope, al lento y delicado avance hacia el equilibrio dominical, al trabajo de tramoyista ocasional, volví a la delicadeza del amor a mansalva y sus privilegios civilizados; el amor es perfecto, la correspondencia solo una casualidad. Pero fui dichoso, de poder ir y más de querer volver, del vuelo sobre acantilados bastos y sublimes que acordonan el cadáver de los días que pintaban a mi voz de otro color. Quise evocar nostalgia y me contagie de sonrisas, la serenidad de guardar las palabras que seguramente insultarían el hallazgo de esa forma de ser feliz. Ahora las conversaciones se construyen sin afán, los compromisos solo exigen libertad, las noticias están demás. Solo algunos aires que alborotan el silencio, solo una sonrisa con la sola vocación de cantar y cantar.

Exilio

Exilio

De este lado del exilio la luna no mengua jamás, los años desaliñados vienen como puñados de indigentes empujándose unos a otros, como con ganas de llegar de una vez, pero aún sin saber porqué. Las ganas son un torpe instinto sin olfato que no encuentra cómo andar, a veces me las quito con un poco de mar, otras las manoseo desde mis bolsillos como prometiéndoles mentiras, otras tantas las pongo a dormir a fuerza de alcohol y las observo sin saber qué hacer.

Ya no miento, soy tan pésimo en el hecho que dejé de intentarlo hace un buen tiempo ya. Dejé de construir historias y cambiarlas en pleno discurso, ya no busco los bordes de las cosas, me entretengo senilmente en el medio, en los huesos que se mueven despacio, en las noches que evocan despojo.

Conservo la misma guitarra que sigue soñando con celebrar alguna canción completa, porque por más que lo intenté todas las que aprendí fueron a medias. Algunas sin introducción, otras sin estribillo, la mayoría de ellas con acordes prestados y todas con un tono diferente al de mi voz. Me olvidé de escribir a mano, de los trazos que tanto practicaba en la bonanza de mis desvelos, de los óleos y su delirante olor diluyéndose con el del aceite; olvidé el procedimiento de desenvainar espadas, la sutileza de encender miradas desconocidas. Olvidé los inicios de las conversaciones interesantes, las direcciones de los bares y los amigos de una noche con los que uno confiesa la vida entera y luego nunca los vuelve a ver.

De este lado de la acera los conflictos se resuelven con ron, la gente camina más despacio, las modas son un mito y el ruido del cotilleo no ensordece más. Los bares cierran temprano, las luces son más amarillas, los calendarios son especímenes que nadie nunca ha podido ver.

Es normal que la gente odie lo que una vez amó, puede ser. Pero no es sensato. Es terrible ir por ahí reduciendo los recuerdos a escombros amontonados en algún callejón, pretender lucrar el alma con la experiencia que dejó lo que ahora se etiqueta de inservible.

De este lado de la vida no olvidamos a nadie, agradecemos las moléculas que formaron la saliva de los besos que luego supieron amargos, versamos tiempos en re menor con la cadencia que hilaba en nuestro torrente sanguíneo una simple sonrisa. No acusamos a nadie de la felicidad que fecundó en nuestro llanto, no perdemos el tiempo preguntándonos cosas.

El exilio no siempre es malo, tal vez, nunca fue tan bueno.

Asco

 

asco

hoy tengo asco de tacones,
de lisonjas sin alma pariendo en el muladar
tengo rabia de cosas, de cuentos sin final
hoy me quedo callado, hoy observo sin más

hoy se me entrampan los versos
en la angustia barata de nunca acabar
en los días que premian escotes
y cantan miseria en su humanidad

hoy me pierdo de fecha en fecha
me cubro y no dejo de arder de tristeza
hoy desvanezco ante tanta cadencia
de lo pueril y liviana que es la belleza

tan lejos andamos de los amores
de los días y noches eternas
tan poca voz tienen ya sus perfumes
tan simples, tan llanos, tan tercos y muertos

hoy tengo asco de morbo y misterio
las lunas son insomnios de turbias sonrisas
hoy tengo asco de tanto no ser lo que era
asco del modo que marca sus huellas

Convengo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

convengo asirme a tu estrecho querer

selectivo, como la innecesaria suerte

simple, como agua después de la sed

fugaz, como los bordes del atardecer

y no es que olvide yo los arrebatos

los muertos moderando la avenencia

los ecos de tu voz arrugando los intentos

o las deudas que cobraste ad honorem

es más bien, purgar las emociones

combatir la parsimonia con desgano

eludir la inevitable inconformidad

los días feriados y los domingos sin sal

convengo esperar el invierno bajo techo

los sauces no morirán para ese entonces

ni las nubes danzarán más alto

es cuestión de tiempo y un poco de cuero

para que los años me acomoden el desvelo

y los huesos achaquen mis remordimientos

convengo que quiero dejar de quererte

y mientras tanto lo logro, te quiero.

 

Obituario

El tiempo de las velas se me ahoga, los mares se me pudren y las calles se marchitan. Ya nadie toca a mi puerta y tampoco adornan la pasta de algún libro con mi nombre, es que los tiempos de las dedicatorias huyeron de la monotonía que implicaba verme juntar cicatrices y hacer con ellas mapas y estrategias fallidas.

Los amigos alcanzaron la cuota mínima, ahora suman uno y medio. Los tiempos de múltiples compañías e incansables camaraderías se drenó junto a los años. Es normal entonces que las rodillas comiencen a doler al mismo tiempo que los recuerdos.

Nada me espanta, porque rondé el mundo tomando fotos con mis ojos, descubrí el corto fondo de mi intrascendencia en un charco de lágrimas innecesarias y otras preocupaciones que fácilmente hoy me tienen sin cuidado. Sin embargo aún no desecho ciertas manías propias de la adolescencia, como pretender sembrar amor, ganar perdón, sanar el dolor, y olvidar los parte agua que los nombres con mayúscula dejaron tras de si.

Pero es inevitable comenzar a ver el retrovisor, bajar la velocidad. Es inevitable ir a la cama y mirar el techo mientras deambulo por lo que soy y quisiera ser, por lo que fuí y amé. Es inevitable despertar un día con veintitantas libras más y la frente un poco más amplia.

¿Cómo llega uno a donde nunca se dirigió?

A decir verdad me espanta un poco, me asusta contemplar la eternidad de los árboles, su insistencia en reverdecer porque sí. Espanta un poco no dejar de pensar, y quemar en silencio las angustias remediables de la edad.

Me espanta un poco acostumbrarme, me asusta mucho aceptar vivir como no quiero.

Y morir un poco cada día.

Insomnio de colores

Sería genial arder por las mañanas y evaporarse para andar por ahí, en los pulmones de los árboles, revolotear junto al viento y sacudir las hojas que se vencen y danzan hacia el suelo. Sería genial ser agua y correr libremente sin escoger caminos, no preguntar y simplemente llover por vocación. Sería genial ser tierra y vestirse de verdes y marrones, agradecer las tormentas y el incendio del sol, y estar ahí, y servir, y vivir, y dar vida.

Sería genial ser barca y con ímpetu romper las aguas, ser dueños del mundo sin cobrarnos una gota. Perdernos en la odisea de un viaje infinito que nos lleve a la muerte y nos devuelva la vida, salpicarnos de la ruta sin perder la paciencia, ser parte del horizonte y conjugarnos con la silueta del alba en su asomo a la libertad. Sería genial dormitar en la cuna que mecen las aguas sin tregua y alucinar colgado de las constelaciones que brincan del infinito hacia la cubierta.

Sería genial ser soledad, ser silencio, ser vacío. Ser motivos y razones para debatir en silencio, armando monólogos al tiempo y en la miseria del fondo de nuestras inconformidades ascender de un solo suspiro. Ser un breve soplo al oído, un murmullo que ahuyente las ansias y deje absorto sin entender porqué. Sería genial ser el hueco de algún intento, la manta de algún frío, la copa de algún vino.

Sería genial olvidar  y entender la vida de una manera diferente, cuajar lágrimas por cosas livianas, pintar óleos sin experiencia sobre lienzos improvisados pariendo nuestras ideas, estirar sonrisas demenciales que inventen razones para no renunciar. Sería genial caminar y amar cada paso,  confiar sin pruebas, cumplir sin prometer en nombre de la sangre, perdonar sin balanzas, entender sin explicaciones, amar y punto. O morir en el intento.

trino

Me gusta soltar y arder en silencio, contemplar a la gente en pedazos dispersos sobre sus ideales, me gusta entender que nada es para siempre, y que el orgullo es una distancia más larga que el olvido. Me gusta saborear el desengaño salado que cuelga de mi mentón, no por afición, sino por humanismo. Me gusta saber que los días son impredecibles y que la angustia de no saber es inferior a las ansias de olvidar certezas.

Y cuando me rompo me gusta quedar como suelto en el tiempo, en el aire, en el viento; y cuando te vas me gusta despedirte infinitamente con la convicción que tu sombra te sigue a cuestas. Porque me gusta pensar que en tus caminos se desandan tus intenciones, y que tus horizontes se alocan con acuarelas de nostalgia y olores de sudores que tientan tu mirada hacia atrás.

Me gusta pensar que somos charco, el agua que caprichosamente acampa sobre los huecos de la tierra, sobre el que miles de autos pasan y ninguno logra vaciar. Me gusta pensar que somos deuda, aquella que te persigue aún mientras duermes y te sorprende tocando la puerta a la hora del desayuno.

Y cuando me gasto me gusta hacerlo sin contemplarme la sangre, sin medirme en retroceso, sin quejarme del tiempo. Porque cuanto te entregas lo haces sin miedo, sin treguas ni enredos. Por eso cuando regresas, el sol quema un tanto menos y la lluvia refresca un poco más.

Me gusta perder con apretones de manos, con espaldarazos sonrientes, con medias vueltas calladas. Me gusta que duermas sin sueños, que sueñes despierta. Me gustan tus brazos cuando me aprietan y tus piernas cuando me tientan.

Me gustaría que entiendas que mis noches se prestan de templo y orquesta cuando tus ojos me encuentran. Que aún sobre los escombros de tanta miseria te haría el amor y cenaría cada noche contigo.

ergo, septiembre

 

Septiembre me de despertó de golpe.

La noche anterior dibujaba senderos en el cielo con mis dedos, sonreía febrilmente y me desvanecía en la pacífica sensación de bienestar. Los olores, como en una caprichosa despedida explotaban en el aire, las sensaciones brincaban incansables a la orilla de la cama y un clemente invierno adornaba la nocturnidad que asomaba en mi ventana.

Ya no recuerdo esa noche, tal vez nunca la viví, o la soñé, o me perdí. No sé. Pero antes de ser, había terminado, fue cuando el sol me arrancó la tibieza del crepúsculo y la fila de palabras marchando tras la Diana estridente compuesta de “porqués”. Abriendo fuego en una solemne ejecución de juicio sumario que desorbitó mis ojos en busca de una trinchera que me brindara la leve esperanza de salvación.

Entonces asomó Septiembre, con sus ropas limpias y barba muy bien afeitada, típico de un primero de mes. Hice un gesto de tregua y coartada, guiñé el ojo por las generalidades del cliché y en un gesto de recién asustado erguí mi humanidad y saludé al viejo amigo, que dicho sea de paso, traía su nombre tatuado con s minúscula. Para variar.

Una lista despotricaba en mi contra, sin tomar aire, ni pausas, ni ausencias y me sacudían la sonrisa pasmada que recién cosechaba mi boca gracias a los estímulos gloriosos de la serenidad. Me hacía preguntas y no me daba tiempo de contestar, porque le contaron que hacía un rato mi nombre deambulaba por los callejones de conversaciones sin final, que mi lengua, títere de mi imprudencia, salivaba las cartas de alguna desdichada mujer, cuyo infortunio era tal, que no sabía leer.

No tardé mucho en armar la lección, comprendí entonces de qué se trataba. Lo había enviado Agosto, el mismo con quien tuvimos –para no variar- varias fechas idílicas y trastocadas por los escombros de sus vejestorios ancestros.

Y aquí estoy yo, a cinco días del arribo de este Septiembre que hoy, menos que nunca trae en su repertorio alguna conciliación. Más bien, comienzo a pensar que me prepara para su final, uno atípico y congestionado.

¿Qué hacer?

Nada. Esperar que al llegar a su tercera edad me compense esta broma de mal gusto, dejándome de brazos cruzados, tiritando y desvencijado, justo cuando celebro mi natalicio. Ojalá me devuelva el abrigo aquel, mira que septiembre llueve de adentro hacia afuera.

Viernes 31 de Agosto. 2012

¿Qué decir?

Aquí te dejo la construcción de un recuerdo, un silbido distraído, un murmullo en el viento. Aquí te dejo la fecha que me regalaste, el hoy que traigo a cuestas desde ayer, las ganas de intentar los intentos de nunca y jamás. Aquí te dejo las luchas, los alientos, las noches y las lunas. Aquí te dejo un gato húmedo, te dejo el papel arrugado, las sábanas frías, la nieve en verano. Aquí te dejo la osadía de no resistir, la soberanía en pubertad que envainé improvisadamente al descubrirte.

Aquí evoco una dulce letanía, tibia, pueril, torpe. Agónica ironía que deambula en lo ancho y alto de mi frente, aquí, solo aquí te rompo el mapa, te quemo las naves, te tiro los puentes. Aquí te dejo esta sonrisa sin gracia que me dejó tu sol de abril.

¿Qué más da? Puedo entonces ensanchar la pluma y entonar los lerdos estribillos de la culpa y el perdón, puedo entonces agazapar el orgullo que pronuncié entre dientes y antes de ser aliento se convirtió en torpe canción.

Aquí te dejo este texto inservible, estas sopa de letras sin sal, estas deudas sin honrar. Aquí te dejo este beso en seco, estas ganas tan tercas de remediar.

Manifiesto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y así me fui gastando la vida, jugándome el pellejo con saltos de agujas en el reloj,

así vocifero las coplas que me encargaste lejos del balcón donde anidé un día,

así me pierdo en lo inverso de lo cotidiano, en la angustia de cuando no pasa nada,

así se me traspapelan las notas del silencio roto que cuelga de un torpe no sé qué.

 

Fueron los días y las horas en los que mis ansias galopaban feroces y sin temor en las sórdidas mañanas, lentas, tristes, frías, llenas de recovecos insípidos y pálidos, rodeadas de estelas de fantasmas que sacudían los frutos podridos de los árboles aburridos de reverdecer solo porque sí. Las canciones me ceñían los huesos y me azotaban como gotas gruesas después de la lluvia. Fueron los vientos y sus anticuados intentos por hacerme soñar, las lunas infieles y sus máscaras de cada uno para cada cual, era mi habitación de todas partes y sus luces difusas de aparente hogar, eran los años que palidecían en la añoranza de los meses que los formaron, fueron las ventanas que se cerraron impávidas ante el holocausto de los horizontes febriles, era el humo del cigarro que ya no danzaba en su romántico vaivén a causa del impulso de su tos seca, fueron las ropas viejas que atestiguaron el guión de una historia con olores de libros polvorientos, eran las apuestas improvisadas frente a los charcos de unos ojos grandes y firmes como de muertos, eran las deudas milenarias vestidas de cotidianidad para versar las mentiras que brotaban desde la banqueta, los domingos austeros conclusiones, las tardes acaloradas y con manifiestos inverosímiles que no alcanzaban el rango de excusas, eran tus manos y mis manos, el borde del abismo siempre con sus ofertas de verano en pleno invierno, eran tus maneras de amor.

 

Así fui ensanchando el aire, fui adormeciendo el universo, fui pregonando de lo incierto,

así se me pasa la vida escribiendo cosas que aún no entiendo.