Obituario

El tiempo de las velas se me ahoga, los mares se me pudren y las calles se marchitan. Ya nadie toca a mi puerta y tampoco adornan la pasta de algún libro con mi nombre, es que los tiempos de las dedicatorias huyeron de la monotonía que implicaba verme juntar cicatrices y hacer con ellas mapas y estrategias fallidas.

Los amigos alcanzaron la cuota mínima, ahora suman uno y medio. Los tiempos de múltiples compañías e incansables camaraderías se drenó junto a los años. Es normal entonces que las rodillas comiencen a doler al mismo tiempo que los recuerdos.

Nada me espanta, porque rondé el mundo tomando fotos con mis ojos, descubrí el corto fondo de mi intrascendencia en un charco de lágrimas innecesarias y otras preocupaciones que fácilmente hoy me tienen sin cuidado. Sin embargo aún no desecho ciertas manías propias de la adolescencia, como pretender sembrar amor, ganar perdón, sanar el dolor, y olvidar los parte agua que los nombres con mayúscula dejaron tras de si.

Pero es inevitable comenzar a ver el retrovisor, bajar la velocidad. Es inevitable ir a la cama y mirar el techo mientras deambulo por lo que soy y quisiera ser, por lo que fuí y amé. Es inevitable despertar un día con veintitantas libras más y la frente un poco más amplia.

¿Cómo llega uno a donde nunca se dirigió?

A decir verdad me espanta un poco, me asusta contemplar la eternidad de los árboles, su insistencia en reverdecer porque sí. Espanta un poco no dejar de pensar, y quemar en silencio las angustias remediables de la edad.

Me espanta un poco acostumbrarme, me asusta mucho aceptar vivir como no quiero.

Y morir un poco cada día.

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Insomnio de colores

Sería genial arder por las mañanas y evaporarse para andar por ahí, en los pulmones de los árboles, revolotear junto al viento y sacudir las hojas que se vencen y danzan hacia el suelo. Sería genial ser agua y correr libremente sin escoger caminos, no preguntar y simplemente llover por vocación. Sería genial ser tierra y vestirse de verdes y marrones, agradecer las tormentas y el incendio del sol, y estar ahí, y servir, y vivir, y dar vida.

Sería genial ser barca y con ímpetu romper las aguas, ser dueños del mundo sin cobrarnos una gota. Perdernos en la odisea de un viaje infinito que nos lleve a la muerte y nos devuelva la vida, salpicarnos de la ruta sin perder la paciencia, ser parte del horizonte y conjugarnos con la silueta del alba en su asomo a la libertad. Sería genial dormitar en la cuna que mecen las aguas sin tregua y alucinar colgado de las constelaciones que brincan del infinito hacia la cubierta.

Sería genial ser soledad, ser silencio, ser vacío. Ser motivos y razones para debatir en silencio, armando monólogos al tiempo y en la miseria del fondo de nuestras inconformidades ascender de un solo suspiro. Ser un breve soplo al oído, un murmullo que ahuyente las ansias y deje absorto sin entender porqué. Sería genial ser el hueco de algún intento, la manta de algún frío, la copa de algún vino.

Sería genial olvidar  y entender la vida de una manera diferente, cuajar lágrimas por cosas livianas, pintar óleos sin experiencia sobre lienzos improvisados pariendo nuestras ideas, estirar sonrisas demenciales que inventen razones para no renunciar. Sería genial caminar y amar cada paso,  confiar sin pruebas, cumplir sin prometer en nombre de la sangre, perdonar sin balanzas, entender sin explicaciones, amar y punto. O morir en el intento.

Enero bisiesto

El tiempo se me incrusta en los párpados, la pesadez de un enero incomprensivo me revolotea en las mañanas, la brisa con sabor a vacío argumenta los toques de ansiedad que emanan de mi café ya frio por el asomo de los recuerdos. Es así, enero es el gran lunes que siempre me cuesta digerir, es el inicio de lo mismo de siempre con toque de añoranzas por lo que en su momento pareció simple y hoy resulta un tanto extrañable. Los momentos que acaban de suceder se pintan ya desenfocados y en tonos desabridos, pero sus olores se vierten casi intactos y es entonces cuando esa sensación de algidez retuerce mi insatisfacción.

Y la gente se va quedando atrás, los árboles se secan y reverdecen, las paredes se pintan de pasado y un retoque insinúa que no ha pasado nada. Los perros se pierden o mueren, los niños crecen y aquella inocencia deja de ser característica de su mirada. Las calles cambian de sentido, todo se hace cada vez más pequeño, respirar se vuelve cada vez más difícil y las noches no son tan cálidas como antes, el bullicio ahora apaga el canto de los grillos y el cigarro dejó de ser atractivo porque ahora sí es un vicio.

Pero ya no sé qué extrañar, hace no sé cuánto dejé de contar el tiempo, dejé de mirar al cielo. Ya no sé si la sensación de soledad es bosquejo de serenidad, tampoco sé si interpretar el silencio como madurez, o la distracción como el principio de la concentración. Lo cierto es que la suma de lo incierto me adeuda ya un par de explicaciones, preguntas que nunca pude hacer y otras que no quise responder. La lluvia de letanías que antes diagnosticaban mis esporádicos razonamientos ahora se pierden y me observan en vilo de algunas letras que hagan izar una vez más aquellas intrépidas aseveraciones de lo que según yo me acontecía.

De repente, tropiezo con nombres, con lugares que justo a punto de olvidar vuelvo a ver y me entero de lo que sucedió, y me observo cual alma paseando fuera de su cuerpo, construyendo historias que volcarían el mundo que me contenía, improvisando refranes, adulterando verdades, pregonando la seguridad que nunca tuve y hoy necesito. Me veo caminando en direcciones que ahora evito, haciendo amistades que ya ni recuerdo, viviendo una vida que nunca me perteneció.

Ahora suena la música de siempre, y el deseo de entender el porqué de tantas causas perdidas me retrae. Y viajo, y llego a las lunas aquellas que morían por bañarse de miel, y en lo alto de una crisis diviso el horizonte que dejé atrás, aquel que muy a pesar de todo nunca fue tan malo como siempre dije que era.

El futuro no pinta tan mal, pero el presente sigue siendo solamente un puñado de letras.

Carta diez

Les dejo la última carta de la serie,

Carta número diez.

Si tuviera la oportunidad de cambiar las cosas –lo que sea-, volvería hasta tu encuentro y lo repetiría mil veces; ese encuentro en el que la vida giró a nuestro favor y para nuestra desgracia. Convertiría esta carta en testamento y pegaría una copia en cada lugar que contuvieron nuestros cuerpos, gastaría los últimos respiros que me darán vida en agradecerte una y otra vez, la calidez de tus labios, lo sutil de tu tacto, la tortura de tus caderas, la armonía de tu voz diciéndome “te amo”.

Si tuviera la oportunidad de pedirte algo –lo que sea-, comenzaría por pedirte que te quedes a dormir, que te olvides –una vez más- de los tantos prejuicios acumulados por la razón. Te pediría que bailes conmigo, el son de la alegría que me regala tu sonrisa. Te pediría que brindes a salud de los momentos que sin darnos cuenta se nos escaparon de las manos. Te pediría que busques en el cajón donde guardaste los primeros recuerdos y acudas a su olor, tal vez aún se conserve por lo menos para remontarte a aquellos días lluviosos y felices que nos mojaban la cabeza y nos sacudían el tiempo.

Si tuviera la oportunidad de darte algo –lo que sea-, borraría los horarios, usaría tu almohada, mojaría tu toalla, ensuciaría tus platos, bebería en tu vaso, dormiría en tu espalda, visitaría sin ninguna restricción el beso de tu pelo enganchándose a mis manos cada vez que el sol anuncie su llegada con el calor humeando de nuestros cuerpos. Si tuviera la oportunidad de darte algo, dejaría de escribirte esta carta, y saldría corriendo a tu cuerpo, buscaría el camino que tanto nos veía juntos y tanto nos extrañará.

Si tuviera la oportunidad de preguntarte algo –lo que sea-, te preguntaría ¿de donde sacas tu encanto?, ¿Por qué siempre estás en mi canto?, preguntaría ¿cómo puedo seguirte sin hacerte daño?, ¿cómo vivo en tu pecho?, ¿cómo caliento tu cama?, ¿Cuándo se irá este invierno?.

Si tuviera la oportunidad de hacer algo por nosotros –lo que sea-, nos regalara la oportunidad de construir felicidad, nos daría un regalo de aniversario, uno diferente, uno de verdad. Trabajaría por cambiar ese complejo que las segundas partes nunca son mejores que las primeras. Borraría los mapas que marcan las fronteras que tanto nos limitaron, te extendería la visa para entrar a tu antojo en este mar teñido de espera y silencio.

Si tuviera la oportunidad de volver a tenerte –como sea-, guardaría silencio y lo rompería repitiendo tu nombre, tantas veces como quepa en mi boca, tantas veces como aguanten los minutos.

Si tuviera la oportunidad de escribirte algo, no sería esto. Sería una carta de bienvenida, a los soles que verían nacer nuestros amaneceres, al frío que tiritara nuestras noches, al viento que soplara nuestros diciembres. Te daría la bienvenida a la aventura de tu vida, colgada de mi cuello y con tus piernas en mi cintura, te haría descansar de tanto tiempo que has tenido que estar de pie bajo el dintel de las tardes que oscurecían nuestros rostros y cerraban la puerta a las noches que tanto no tuvimos.

Si tuviera la oportunidad de hacer algo –lo que sea-, haría cualquier cosa que no fuera esto, una despedida.

Carta ocho

Hace ya un buen tiempo, escribí una serie de diez cartas.

Hoy quiero compartirles una de ellas, es la carta número ocho.

Carta Ocho

Se ha hecho tarde,  el tiempo oscureció el camino que conduce a mi casa, pero esta noche aún no quiero llegar. Es una sensación rara; las luces amarillas de las lámparas muestran el frágil goteo de la lluvia que recién termina, reflejándola en el suelo que espera mi andar para chasquear el agua bajo mis zapatos.

A mitad del camino una banca guiñó su ojo imaginario y me convido a acompañarle bajo la tenue luz de la luna, la misma que se ha mecido conmigo en el patio de mi casa tras el humo del cigarrillo que me da sus buenas noches. Ahora me saluda con una leve sonrisa, y torna la brisa en un fino abrazo que invade mis pulmones de algo semejante a la esperanza.

He improvisado papel y lápiz a lo largo del cielo, trazando estas líneas que evocan un sentimiento audaz que engulle mis templados intentos de olvidar. Esos intentos de no volver a tocar esa canción que conmemora el amor, que libera en el ambiente esa sensación de funeral ante un recuerdo que insiste en tropezarse con mis descuidos emocionales.

No sé de qué trata esta carta, pero necesito comprender el estado de mi vida. Necesito inmiscuirme de una sola vez en mis sueños y cumplirlos. Así como tantas veces contribuí a esa sonrisa que aún me produce escalofrío al recordarla, la sonrisa de esa mujer que dobló mi vida en tantas partes que ahora no sé como borrar esas arrugas. Así como tantas veces volé dentro de casa, para girar el mundo en un minuto y regresar con las manos vacías, de tanto esperar, de tanto recordar, de tanto amar… No sé, pero tengo una sensación a paz, a lo mejor es la misma sensación que queda después de una guerra, en las que el silencio se ve de vez en cuando interrumpido por el crujir de los escombros cediendo ante tanto daño.

Ella fue la mejor, de las que conocí y las que seguramente conoceré. Se deslizó por mis días con tanta elegancia que pareciera que le pertenecían. Ondeaba el aire con su prodigioso andar, y entumecía mi mirada al perseguirla por toda la sala.  Sugería beber un vaso con agua aún cuando te tenía sed, pues quería verla levantarse para esculpir nuevamente su espalda con mis deseos.

Pero eso terminó. No podía comprender la dimensión de los hechos hasta que el calendario que tenía como testigo de tantos días, sugirió su vejez con un tono amarillo en su piel de papel. Los números no se sumaron a nuestro tiempo, pero los días siguieron transcurriendo como el inevitable paso de un río, que no da tregua a los ciervos que quieren cruzar para seguir con su andar. El tiempo fue mi peor enemigo, y ahora se ha vuelto mi aliado incondicional. Me ha reprochado en más de alguna ocasión el haberle odiado tanto, recriminándomelo con un poco de nostalgia ocasional… como la de hoy.

Hago una pausa, dejo de escribir. Pero mi mente sigue conjugando verbos que calan mi sentir. Sigue extrañando ese olor piel húmeda, a cabello enjugado, esa imagen de hombros recogidos y un tanto erizados por el acercamiento de mi boca. Sus brazos ligeros como los minutos que ahora recuerdo, dejándose atrapar por mis manos que acaparaban su atención con un leve suspirar. Esa misma atención que no volvió a posarse en mi hablar, que nunca más contestó el teléfono, ni devolvió ninguna de mis llamadas.

Pero no siento más tristeza, tal vez sea resignación. A saber que no volveré a verla, a saber que su tiempo ha terminado en mi redacción. Tal vez sea aceptación, el comprender que la vida es más que esperar, aún hay tiempo para luchar, para caminar, para ayudar, ¿y porque no?, para comenzar.

letanías de un hombre sobrio

Despacio voy arrancando mis besos, despacio voy despidiendo al deseo, despacio voy simulando entenderlo, despacio voy eludiendo el vacío de las ideas que se empapaban con su saliva y enderezaban mi razón.
Voy tramitándo mis últimos suspiros, voy reciclando de a poco mis fuerzas. Despacio voy desauciando mi vicio, invocando la hoguera, calcinando heridas, condenando quimeras. Voy depravando bellezas, vomitando carencias, impulsando espejismos, desarmando cadenas.
Pero siempre tus malditos senos aparecen en medio de la cena, al igual que tus ojos de lluvia, así como siempre lo hacen tus bellas caderas. Pero siempre me gritas cantando en silencio, me entrenas en lodo, me das tus tristezas. Pero siempre me sonríes por pocos, me das en tus manos el agua que extingue mi impaciencia.
Y es que llevo envueltos esos tibios días que juntabamos flores que arrancabamos de nuestras cabezas, ahora llevo tatuado tu nombre en la sien, en las venas, en el calor de mis brazos, en los dedos inquietos, en la nota al pie de mi letra.
Pero voy redactando discursos de bienvenida desde hace ya un buen tiempo, voy resonando mi caja toraxica para los agradecimientos, para las promesas, para los perdones, para explicaciones. Pero también vengo ensayando despedidas, vengo haciendo maletas, vengo contando estrellas, vengo fumando en ayunas, cantando si voz, jugando a reir, llorando sin más, luchando contra algo que no sé si al fin cederá.

NOTA: Perdón por la ausencia pero hoy regresé de mis vacaciones, gracias por leer, en este momento comenzamos a ponernos al día.