Deshoras

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Solía llegar siempre a tiempo, tarde, pero a tiempo.

Tus maneras no eran precisamente ceremoniosas, eras más bien un acento mal puesto, cabello suelto, piernas largas y descubiertas, una lluvia que desgranaba mis ansiedades y las esparcía con desorden armonioso, casi metódico. No buscabas, eras una máquina de encontrar. Eras muchas cosas, todas sin sentido lógico, eras palabras que mordían la dicción prolija e ideas de colores chillantes y de flor. Muchas veces viajé lejos de vos, eran desilusiones que vestían con elegancia, vestían las ropas de la oportunidad. Y la tristeza me enfermaba los pies y volvía a la cama hecho jirones de melancolía, caía lento, bruto, ni siquiera sabía cómo rebotar con la gracia característica de las escenas románticas. Entonces volvía, cogía un autobús y el corazón se me salía por la boca con la sola idea de volver; disfrutaba del viaje, horizontes que no vi al salir aparecían en el viaje de regreso. Llegaba a casa y me adornaba la espera tarareando alguna trova, de las más jodidas. Hacía la cama, la cena, y me sentaba a la mesa. Entonces vos llegabas y parecía no importarte, no preguntabas nada, entrabas sin saludar y tu olor se impregnaba en cada molécula que se insertaba en mi desdichada nariz. No era mi casa, las cortinas luego ya no eran familiares y el ruido del televisor alborotaba mi tranquilidad. Me ponía de pie y cuando había ya incubado en breves segundos mi lado más flemático me embestías con tu cuerpo huesudo, ardías del hielo al fuego en menos de lo que podía resistir. Y fumábamos como locos y las moscas danzaban sobre la cena. Éramos una torpe idea que se parecía al amor. Entonces callabas, dormías, roncabas y yo salía descalzo a caminar, bebía una cerveza y descansaba por un momento de mí. Entonces hacía maletas y cerraba la puerta despacio mientras fingías dormir, no quería volver y ni si quiera había terminado de partir. Siempre esperabas, hasta que un día volví y no estabas más. Todavía es de noche.

 

“Somos la pareja menos infinita y menos adánica

que podría encontrarse en estos últimos treinta años de historia.

Desde el punto de vista muscular

apenas hemos hecho poco más que dos perros.

Desde el ángulo cultural

hemos despertado bien pocas envidias.

Pero este amor nos ha devuelto mejorados al mundo

y, entre nosotros, inolvidables.

Ahora vamos a hacer que alguien sonría

o paladee un pedacito de dulce tristeza

hablando de nuestro amor en este poema”

-Roque Dalton

Cartas sin enviar. No 1

carta

 

Te escribo porque el oficio de poeta me deja pocas rentas y muchas deudas, la mayoría jodidas de honrar. Las calles, todas me parecen un viejo afán de nunca resolver. Al principio, solo al principio resultaba un tanto divertido coger un autobús sin preguntar su destino, adobar mis monólogos con la guitarra que me regalaste y fingir que nunca tendría que cambiarle el juego de cuerdas. Hasta que pasó. Conocí a una mujer, lejos de mis conceptos prefabricados, con una nariz de óleo fresco y cabello alborotado según los contrastes del viento. Resultó que coincidíamos en varios asuntos de la vida, de esos que uno considera por alguna razón desconocida, importantes. Camila trabaja en un chalet de revistas, cerca de la capilla de Santa Marta, en el andén opuesto para ser exacto. Vos sabés que no soy revistero, pero después de haber leído hasta las enciclopedias de recetas y medicina natural que compré, sin darme cuenta, a un vendedor que me tomó por asalto una tarde que llegó a mi apartamento y me interrumpió en mi labor de autosatisfacción; me interesé en una edición de fotografía para “dummies” que avisté, diría yo, casualmente en tal chalet. La fotografía siempre fue lo mío, aunque nunca tuve una cámara para comprobarlo, pero siendo naufrago obligatorio en un planeta desconocido, me vi en la necesidad de cambiar de rubro y pasé del ocio despreocupado e hiriente de los fines de semana a coleccionar las ediciones de la dichosa revista Zoom que tanto me entretenía y me hacía gastar lo poco que no tenía en las mensualidades de la nueva cámara Canon que solicité, a cuenta de un crédito que aún sigo sin entender cómo me lo aprobaron.

Perdón, te hablaba de Camila. Lista como solo ella, natural e indiscutible vencedora de cualquier litigio sentimental si de buscar culpables se trata. Había desnudado ella cada sílaba de los libros de Cortázar que alcanzó a leer, calificándolo de misógino pero entreteniéndose cada vez más en su lectura. Corta el desayuno y el almuerzo convirtiéndolos en tentempiés ocasionales, pues su dieta básicamente se reduce a vinos y cigarrillos de una marca cuyo nombre aún no aprendo a pronunciar.

Te decía, Camila es ahora una buena amiga que me ha invitado al círculo un poco cuadrado de amigos-exnovios-compañeros-vecinos-roommates-etcéteras que viven con ella, o con los que ella vive, no sé. Pero hemos creado un grupo de fotografía, lectura y dibujo espectacular; hemos pensado en agregar otras disciplinas al collado de habilidades y expresiones artísticas que aún nosotros no comprendemos, pero por el momento lo hemos dejado así. Ella y yo sostenemos una relación difícil de clasificar, o de dosificar, no sé. Pero hemos hablado hasta el cansancio de vos, de tus espléndidos destellos de amor, de la forma esa tan tuya de pasearme por el cielo y el infierno el mismo día. En ese orden.

Hubiera querido enamorarme de Camila, pero a ella le gustan más las mujeres como vos que los hombres como yo, y pues desgraciadamente padecemos los mismos gustos. Además aún no entiendo muchas cosas, y claro que no las entenderé jamás (es un alivio, claro), pero sigo pensando en tus ojos y su vacío demencial.

Pero me preguntaba cómo estás, si la parte comercial de la vida tiene sus bondades, si las ofertas de las vitrinas resultan tan buenas como parecen, si encontraste la ciudad donde en cada esquina uno puede subir al coche un amor eterno. Me preguntaba si supiste del amor, de la tremenda satisfacción que produce una sonrisa y las añoranzas que quitan el hambre de una manera bestial. No te culpo, debe ser difícil ir intentando año tras año despertar algún día con el corazón rebosante de amor. Debe ser angustioso, cansado, debe ser algo parecido al matrimonio, a los aniversarios sin pompas y silbatos, a las metas alcanzadas y rebasadas sin darse cuenta.

Te escribo porque no tengo otra manera de tocarte, porque en estas fechas renuevo mis votos de caducidad, celebro la vida usando cigarros como velas y recortando los excesos mis cejas.

Camila dice que debo buscarte, yo digo que debo dejar buscar explicaciones y olvidarte de una buena vez.

ergo, septiembre

 

Septiembre me de despertó de golpe.

La noche anterior dibujaba senderos en el cielo con mis dedos, sonreía febrilmente y me desvanecía en la pacífica sensación de bienestar. Los olores, como en una caprichosa despedida explotaban en el aire, las sensaciones brincaban incansables a la orilla de la cama y un clemente invierno adornaba la nocturnidad que asomaba en mi ventana.

Ya no recuerdo esa noche, tal vez nunca la viví, o la soñé, o me perdí. No sé. Pero antes de ser, había terminado, fue cuando el sol me arrancó la tibieza del crepúsculo y la fila de palabras marchando tras la Diana estridente compuesta de “porqués”. Abriendo fuego en una solemne ejecución de juicio sumario que desorbitó mis ojos en busca de una trinchera que me brindara la leve esperanza de salvación.

Entonces asomó Septiembre, con sus ropas limpias y barba muy bien afeitada, típico de un primero de mes. Hice un gesto de tregua y coartada, guiñé el ojo por las generalidades del cliché y en un gesto de recién asustado erguí mi humanidad y saludé al viejo amigo, que dicho sea de paso, traía su nombre tatuado con s minúscula. Para variar.

Una lista despotricaba en mi contra, sin tomar aire, ni pausas, ni ausencias y me sacudían la sonrisa pasmada que recién cosechaba mi boca gracias a los estímulos gloriosos de la serenidad. Me hacía preguntas y no me daba tiempo de contestar, porque le contaron que hacía un rato mi nombre deambulaba por los callejones de conversaciones sin final, que mi lengua, títere de mi imprudencia, salivaba las cartas de alguna desdichada mujer, cuyo infortunio era tal, que no sabía leer.

No tardé mucho en armar la lección, comprendí entonces de qué se trataba. Lo había enviado Agosto, el mismo con quien tuvimos –para no variar- varias fechas idílicas y trastocadas por los escombros de sus vejestorios ancestros.

Y aquí estoy yo, a cinco días del arribo de este Septiembre que hoy, menos que nunca trae en su repertorio alguna conciliación. Más bien, comienzo a pensar que me prepara para su final, uno atípico y congestionado.

¿Qué hacer?

Nada. Esperar que al llegar a su tercera edad me compense esta broma de mal gusto, dejándome de brazos cruzados, tiritando y desvencijado, justo cuando celebro mi natalicio. Ojalá me devuelva el abrigo aquel, mira que septiembre llueve de adentro hacia afuera.

Carta diez

Les dejo la última carta de la serie,

Carta número diez.

Si tuviera la oportunidad de cambiar las cosas –lo que sea-, volvería hasta tu encuentro y lo repetiría mil veces; ese encuentro en el que la vida giró a nuestro favor y para nuestra desgracia. Convertiría esta carta en testamento y pegaría una copia en cada lugar que contuvieron nuestros cuerpos, gastaría los últimos respiros que me darán vida en agradecerte una y otra vez, la calidez de tus labios, lo sutil de tu tacto, la tortura de tus caderas, la armonía de tu voz diciéndome “te amo”.

Si tuviera la oportunidad de pedirte algo –lo que sea-, comenzaría por pedirte que te quedes a dormir, que te olvides –una vez más- de los tantos prejuicios acumulados por la razón. Te pediría que bailes conmigo, el son de la alegría que me regala tu sonrisa. Te pediría que brindes a salud de los momentos que sin darnos cuenta se nos escaparon de las manos. Te pediría que busques en el cajón donde guardaste los primeros recuerdos y acudas a su olor, tal vez aún se conserve por lo menos para remontarte a aquellos días lluviosos y felices que nos mojaban la cabeza y nos sacudían el tiempo.

Si tuviera la oportunidad de darte algo –lo que sea-, borraría los horarios, usaría tu almohada, mojaría tu toalla, ensuciaría tus platos, bebería en tu vaso, dormiría en tu espalda, visitaría sin ninguna restricción el beso de tu pelo enganchándose a mis manos cada vez que el sol anuncie su llegada con el calor humeando de nuestros cuerpos. Si tuviera la oportunidad de darte algo, dejaría de escribirte esta carta, y saldría corriendo a tu cuerpo, buscaría el camino que tanto nos veía juntos y tanto nos extrañará.

Si tuviera la oportunidad de preguntarte algo –lo que sea-, te preguntaría ¿de donde sacas tu encanto?, ¿Por qué siempre estás en mi canto?, preguntaría ¿cómo puedo seguirte sin hacerte daño?, ¿cómo vivo en tu pecho?, ¿cómo caliento tu cama?, ¿Cuándo se irá este invierno?.

Si tuviera la oportunidad de hacer algo por nosotros –lo que sea-, nos regalara la oportunidad de construir felicidad, nos daría un regalo de aniversario, uno diferente, uno de verdad. Trabajaría por cambiar ese complejo que las segundas partes nunca son mejores que las primeras. Borraría los mapas que marcan las fronteras que tanto nos limitaron, te extendería la visa para entrar a tu antojo en este mar teñido de espera y silencio.

Si tuviera la oportunidad de volver a tenerte –como sea-, guardaría silencio y lo rompería repitiendo tu nombre, tantas veces como quepa en mi boca, tantas veces como aguanten los minutos.

Si tuviera la oportunidad de escribirte algo, no sería esto. Sería una carta de bienvenida, a los soles que verían nacer nuestros amaneceres, al frío que tiritara nuestras noches, al viento que soplara nuestros diciembres. Te daría la bienvenida a la aventura de tu vida, colgada de mi cuello y con tus piernas en mi cintura, te haría descansar de tanto tiempo que has tenido que estar de pie bajo el dintel de las tardes que oscurecían nuestros rostros y cerraban la puerta a las noches que tanto no tuvimos.

Si tuviera la oportunidad de hacer algo –lo que sea-, haría cualquier cosa que no fuera esto, una despedida.

Carta ocho

Hace ya un buen tiempo, escribí una serie de diez cartas.

Hoy quiero compartirles una de ellas, es la carta número ocho.

Carta Ocho

Se ha hecho tarde,  el tiempo oscureció el camino que conduce a mi casa, pero esta noche aún no quiero llegar. Es una sensación rara; las luces amarillas de las lámparas muestran el frágil goteo de la lluvia que recién termina, reflejándola en el suelo que espera mi andar para chasquear el agua bajo mis zapatos.

A mitad del camino una banca guiñó su ojo imaginario y me convido a acompañarle bajo la tenue luz de la luna, la misma que se ha mecido conmigo en el patio de mi casa tras el humo del cigarrillo que me da sus buenas noches. Ahora me saluda con una leve sonrisa, y torna la brisa en un fino abrazo que invade mis pulmones de algo semejante a la esperanza.

He improvisado papel y lápiz a lo largo del cielo, trazando estas líneas que evocan un sentimiento audaz que engulle mis templados intentos de olvidar. Esos intentos de no volver a tocar esa canción que conmemora el amor, que libera en el ambiente esa sensación de funeral ante un recuerdo que insiste en tropezarse con mis descuidos emocionales.

No sé de qué trata esta carta, pero necesito comprender el estado de mi vida. Necesito inmiscuirme de una sola vez en mis sueños y cumplirlos. Así como tantas veces contribuí a esa sonrisa que aún me produce escalofrío al recordarla, la sonrisa de esa mujer que dobló mi vida en tantas partes que ahora no sé como borrar esas arrugas. Así como tantas veces volé dentro de casa, para girar el mundo en un minuto y regresar con las manos vacías, de tanto esperar, de tanto recordar, de tanto amar… No sé, pero tengo una sensación a paz, a lo mejor es la misma sensación que queda después de una guerra, en las que el silencio se ve de vez en cuando interrumpido por el crujir de los escombros cediendo ante tanto daño.

Ella fue la mejor, de las que conocí y las que seguramente conoceré. Se deslizó por mis días con tanta elegancia que pareciera que le pertenecían. Ondeaba el aire con su prodigioso andar, y entumecía mi mirada al perseguirla por toda la sala.  Sugería beber un vaso con agua aún cuando te tenía sed, pues quería verla levantarse para esculpir nuevamente su espalda con mis deseos.

Pero eso terminó. No podía comprender la dimensión de los hechos hasta que el calendario que tenía como testigo de tantos días, sugirió su vejez con un tono amarillo en su piel de papel. Los números no se sumaron a nuestro tiempo, pero los días siguieron transcurriendo como el inevitable paso de un río, que no da tregua a los ciervos que quieren cruzar para seguir con su andar. El tiempo fue mi peor enemigo, y ahora se ha vuelto mi aliado incondicional. Me ha reprochado en más de alguna ocasión el haberle odiado tanto, recriminándomelo con un poco de nostalgia ocasional… como la de hoy.

Hago una pausa, dejo de escribir. Pero mi mente sigue conjugando verbos que calan mi sentir. Sigue extrañando ese olor piel húmeda, a cabello enjugado, esa imagen de hombros recogidos y un tanto erizados por el acercamiento de mi boca. Sus brazos ligeros como los minutos que ahora recuerdo, dejándose atrapar por mis manos que acaparaban su atención con un leve suspirar. Esa misma atención que no volvió a posarse en mi hablar, que nunca más contestó el teléfono, ni devolvió ninguna de mis llamadas.

Pero no siento más tristeza, tal vez sea resignación. A saber que no volveré a verla, a saber que su tiempo ha terminado en mi redacción. Tal vez sea aceptación, el comprender que la vida es más que esperar, aún hay tiempo para luchar, para caminar, para ayudar, ¿y porque no?, para comenzar.

diez segundos

No voy a negar que me sacudiste la sonrisa que recién había ganado bajo aquella blusa, aún con mi cuello sudoroso y ese sol que golpeaba mis pensamientos no había nada mejor que aquel tan perfecto olor que aún colgaba de mi nariz.

Pero te vi, atravesando el umbral del tiempo y el olvido, revoloteando como pavo real todos sus colores y balanceándome en la cara tu típico ademán. No fui yo, estoy seguro que no fui yo el que provocó tal encuentro. También comienzo a sospechar que no fue capricho del destino.

Antes de pronunciar palabra tuve la sensación que aquellos vivos dicen haber pasado cuando regresaron de su muerte. Eso de ver pasar en un segundo toda la vida con sus vastos recuerdos y demás. Sí, siento que lo viví pues cuando te encontré ahí, en aquella desafortunada tarde de abril tuve que dilapidar todo de mí para encontrar el aliento que te saludara.

Recordé aquella luna que fotografié en tu honor y te mostré con regocijo y candor, aquella misma fotografía que encontré el cesto de la basura donde solía encontrar, además, las cartas que te enviaba –sin abrir por cierto-.

No supe cómo disimular la sorpresa de mis pupilas alineándose con tus senos recién adquiridos, me imagino que en alguna oferta de aquel doctor clandestino que siempre husmeabas cuando pensabas que yo veía el camino por donde andábamos.

Torpemente extendí mi mano para saludarte, claro después de haber probado y humedecido tus encantos más ocultos y domesticado además el libido que juntos se nos daba tan bien. No encontré más, que darte un apretón muy de señorita en tu tan recordada mano.

Claro! Casi lo olvidaba, recién vengo de amar a aquella dama que si bien no me ama, por lo menos me soporta, y lo mejor de todo es que me espera al pago de fin de mes.

Por un momento quise recuperar aquella compostura un tanto descompuesta que me hacía caminar erguido por aquella soleada calle, aquel sábado por la tarde que venía de comprar un pedacito de amor servido en la piel de la mejor celestina que encontré.

No sabiendo aún por donde comenzar la casi obligada conversación, asumí que nos limitaríamos a ese encuentro en donde dos desconocidos bailan la danza del “déjeme pasar”. Pero no fue así, te inclinaste sobre mí y me martillaste un beso en mi aún ruborizada mejía.

Sugeriste sentarnos en algún lugar, el cual entre líneas entendí que era aquel mismo lugar. Habría sido perfecto, de hecho a esa hora ya no hace sol por allá, el viento juega con las hojas, la serenidad de lo apartado permite conversar y pues, de ves en cuando es tanta la soledad que queda tiempo y espacio para un poco más.

No supe qué decir, rascaba en mi bolsillo buscando el encendedor para ocupar mis manos en algo menos destructivo como fumar. No me culpes, bien sabes que nunca fui así.

Al final y para resumir, no encontré razón para pausar el paso de la vida sobre nuestras vidas, no supe cómo definir aquel tan esperado momento, porque justo pasó cuando dejé de esperarlo. No hubo notas en el aire, no hubo el ensordecedor silencio que opacaba el ambiente, no hubo distracción ante tan desesperante calor, no hubo amor.

 

-No gracias- dije cual niño tentado con aquel paseo prohibido que tanto le han afamado.

Seguí mi camino sin el más mínimo gesto, no sé si aguardaste algún momento esperando mi vuelta o como siempre, el orgullo te sacó ventaja y desapareciste por arte de magia.

No lo sé, yo tampoco atrasé la mirada.

media luz

Estaba ahí, resplandeciendo en medio del silencio, coloreando lo incierto con su traje blanco y negro. Estaba ahí suspendida en el deseo, en los sueños, en un trágico pasado, sujetando en sus manos unos dolorosos signos de interrogación.

Sus ojos impermeables parecían serenos ante mi perplejidad, su piel se humectaba con la tibieza de la vida que hormigueaba en mis manos, el color de su cabello intacto constrastaba a la perfección con el yin yang de mis pensamientos, de mi oscura historia, de mi triste memoria, de mis terribles pesadillas, de aquellos amores que parieron el dolor de mis penas y ahora me veían con ternura inefable.

Contuve tanto tiempo la respiración que cuando me dispuse a hablar su sonrísa congeló mi lengua y solté todo el aire que había preparado. Gesticuló un no con su cabeza pero la serenidad de su rostro no desaparecía. No supe qué hacer, no supe qué decir.

Sus manos enlazadas entre sí, jugaban con sus dedos de una manera tímida pero intimidante, sus pies descalzos eran el fiel reflejo de la ternura que mis ojos conocieron algún día, su mirada era una lanza imperdonable de amor y un cuestionamiento doloroso que pasmaba mi existencia.

Me acerqué muy despacio, con un temblor que arrodillaba mi alma y desauciaba mi calma, mis piernas parecían entumecerse de angustia al no poder reacciónar con la avidéz que hubiese esperado, mis manos hechas escarcha se impregnaban de temor en cada paso y mi corazón palpitaba cada vez más fuerte y más despacio.

Doblé mi rodilla, extendí mi mano, y cuando tuve su breve humanidad frente a mí, una lágrima desangró su espejismo y desapareció.

Perdón mi amor, perdón.

de tus quéjas y mis vicios

Te vi partir en medio del deseo, llevabas puesta una sonrisa de marihuana, zapatos fingiendo malicia, vestías unos encajes que hipnotizaban, y parecías de esas personas que les llaman “felices”.

Recién te despediste de mí tiñéndome la mejía de tu adiós no negociable, habíamos hablado ya hasta del perro que levantando una de sus patas meó la llanta del coche, hablamos del clima, de la educación, de la seguridad e insalubridad que últimamente circundaban nuestras espaldas. Todas fueron conversaciones de relleno, de esas que preguntas lo mismo y contestas lo mismo.

Bajo la mesa, mis manos sudorosas jugaban con el anillo que me robó los pocos ahorros que conseguí privándome de los cigarrillos matinales, de las cervezas a media semana, un par de almuerzos y alguno que otro esfuerzo que por otras razones y con otro fin, jamás me hubiese animado a ejecutar.

Ese discurso que había repasado ya tantas veces, comenzaba a deslizarse por mi pálido rostro según tus argumentos avanzaban, no pude (o no me dejaste) desarrollarlo como había pensado. Al final, ni siquiera pude dejarte una mísera parte de todo lo que planeé a lo largo de este tiempo.

Entendí claramente que tenías ya a otra persona, que si bien es cierto no cumplía aún con todos tus selectos requerimientos acerca de un hombre, cubría la cuota básica indispensable que se necesita para estar con vos: Amor y Respeto (rara cosa fue haber interpretado de mi parte: valor y paciencia… pero ese es otro tema)

Llevabas un maquillaje levemente más intenso que lo normal, aquel rubor natural de tus mejías se había sustituido por maquillaje y la sombra en tus párpados exageraba un poco la intensidad de tu mirada.

No quise acudir más a los intentos, a los recuerdos, a los argumentos que pensé o quizá llegue a asegurar, inclinarían la balanza a mi favor, haciéndome ver como alguien que a pesar de tantas estupidas desiciones, cumplió a la perfección el mayor de tus deseos, el cual fue amarte de una manera que muy seguramente nadie lo volverá a lograr.

No hago alarde de mi capacidad de amar, es simplemente que esa manera de amarte tan absoluta es la que me tuvo frente a vos esa noche y la que me tiene esta madrugada haciendo estas innecesarias declaraciones.

Tampoco quise acudir al anillo que paseaba entre mano y mano, entre dedo y dedo, casi pellizcándome por la impaciencia de no poder de una vez, mostrar el brillo inmaculado de su sonrisa cuando por fin hiciera el ridículo de hincarme frente a tu silla y mostrártelo proponiéndote matrimonio. Claro, pude evitar esa enorme vergüenza al ver tu dedo anular agasajado con una prenda de mayor quilataje que mi impaciente e inoportuno regalo.

Escuché todas tus quejas, todos tus reproches, escuché argumentos tan validos como innecesarios, recargué mis oídos que casi sangraban por tanto improperio diplomático que soltaste en tu pergamino de razones y no tuve más opción que asentir y jorobar la mirada, sin pretender hacer, o explicar absolutamente nada.

Vuelvo a donde comencé, justo cuando habías avanzado ya dos metros, volviste tu mirada hacia mi congelada humanidad, regresaste y con una voz seca de amor y llena de sarcasmo, me dijiste: Gracias por todo.

Tus jeans parecían burlarse de mis ojos, tarareándome tu figura según el compás de tu caminar, y el escote de tu espalda me citaba de nuevo a visitar el tan desgastado baúl de mis desaforados recuerdos para cachetearme con la vívida sensación de la tibieza de tu piel bajo mis manos.

Me volví a sentar, pedí la cuenta y medité por un momento.

…tenías razón en cada una de tus palabras, pero hoy no supiste reconocer el tono de mi voz y entender que te hablé con mi más absoluta verdad. No pudiste sentir en los huesos aquella mirada que atravesaba la piel y cantaba dentro de vos con el júbilo que me provoca tan solo mirarte.

Pensaste que tal vez habría otra oportunidad lejos de mí y por supuesto, sin mí. Por lo que no me queda más que recoger mis intenciones, alejarme del vicio de buscarte en cada cuadra que transito y comenzar a entender que ahora, no supiste diferenciar entre el antes y el hoy.

Tuve la abrupta intención de detenerte en tu paso, pero recapacité sobre cada letra con la que compusiste tremenda lista de deseos en los que para mi desgracia, no se dibujaban conmigo.

Ahora, medio borracho, lo confieso. Juego a entender esas cosas de la vida, esas desiciones que uno toma que lo vuelven presa del juego que sin darnos cuenta nosotros mismos elegimos, y de nuevo para mi desgracia. Hoy me tocó perder.

Esta es de esas historias que muy comúnmente terminan no muy felices.

Parte Primera: La Cita

…usaba un vestido estampado, la tez de su piel reflejaba los rayos del sol de manera perfecta filtrándose entre sus vellos, sus mejías tenían el rubor natural de la perfección hecha mujer, su cabello negro, suelto y sumamente lacio dibujaba sus hombros descubiertos por el escote de aquella blusa que en otras circunstancias me hubiese atrevido a besar.

Logre divisar en medio del breve pero cálido saludo aquel lunar en su hombro que hacía mucho tiempo no veía, llevaba unos pendientes que hacían juego perfectamente con aquella cadena que le regalé, lo que hizo apresurarme a romper el hielo -o al menos intentarlo-.

-¿Pensé que ya no conservabas la cadena que te regalé? –pregunté-

-¿Por qué?, esperaba justo el momento de volverte a ver para usarla

Me sonrió como si nunca nada hubiese pasado, aquella mujer posaba el brillo de su mirada en mi humanidad de una manera única, casi como antes, pero ahora me hacía sentir vulnerable ante cualquier interrogante que pudiera venir.

-¿Veo que ya tenés un par de canas?

-Sí -respondí mientras tocaba mi cabello y recogía mis hombros- es que el tiempo no ha pasado en vano, y no solo eso, además me estoy quedando calvo.

-No es para tanto, sigo viéndote buenmozo

Era increíble como con un leve cruce de palabras podía revolucionar mi estado de ánimo tan vehementemente, no había experimentado tal hormigueo en el cuerpo desde hacía ya un par de años, y ahora, a causa de la misma mujer los volvía a experimentar.

-¿Entramos?

-Sí, sí por favor -tartamudee torpemente-

Abrí la puerta de aquel café que recién habían abierto cerca de mi casa. Ordené el menú, encendí un cigarrillo, tomé su mano y tragando una enorme bocanada de aire, le expuse:

-Mi amor, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi, no puedo explicarte nada porque simplemente no hay nada que explicar. Solo quiero que sepás que cada segundo, cada minuto, cada día que he pasado lejos de vos, ha sido sumamente difícil, he logrado mantenerme en pie con la fuerza que me daba pensar en este momento…

La puerta de vidrio del café se abrió nuevamente, yo me encontraba de espaldas a la puerta de entrada, el reflejo del sol en la mesa de vidrio apuntaba su rostro y dejaba ver el café indiscreto de sus enormes ojos. Ella levantó su vista sobre mí, y sonrió levemente como queriendo evitarlo.

Una mano se posó sobre mi hombro, y reaccioné inmediatamente volviendo mi rostro hacia mi derecha, pero aquella persona -hombre por cierto- estaba inclinado a mi izquierda como si hubiese adivinado a donde buscarían mis ojos. Me di la vuelta teniendo que arrastrar mi silla en el intento.

Era un hombre aproximadamente de 1.75mts, de tez trigueña, pelo castaño claro. Vestido con ropa casual, muy cómoda según parecía. Me llamó la atención su reloj de puño de muy buen gusto -a mi criterio- y cuando mis pupilas terminaron de captar toda la luz y enfocaron nuevamente, le conocí.

Era mi hijo. Le abracé sin darme cuenta quizas por unos tres minutos. Mi hija Daniela se levantó de su silla y se unió a nosotros por medio minuto más. Se vieron entre ellos, sonrieron y luego soltaron una carcajada de satisfacción. Me habían sorprendido.

No estoy seguro cuando fué la última vez que fuí tan feliz.