Deshoras

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Solía llegar siempre a tiempo, tarde, pero a tiempo.

Tus maneras no eran precisamente ceremoniosas, eras más bien un acento mal puesto, cabello suelto, piernas largas y descubiertas, una lluvia que desgranaba mis ansiedades y las esparcía con desorden armonioso, casi metódico. No buscabas, eras una máquina de encontrar. Eras muchas cosas, todas sin sentido lógico, eras palabras que mordían la dicción prolija e ideas de colores chillantes y de flor. Muchas veces viajé lejos de vos, eran desilusiones que vestían con elegancia, vestían las ropas de la oportunidad. Y la tristeza me enfermaba los pies y volvía a la cama hecho jirones de melancolía, caía lento, bruto, ni siquiera sabía cómo rebotar con la gracia característica de las escenas románticas. Entonces volvía, cogía un autobús y el corazón se me salía por la boca con la sola idea de volver; disfrutaba del viaje, horizontes que no vi al salir aparecían en el viaje de regreso. Llegaba a casa y me adornaba la espera tarareando alguna trova, de las más jodidas. Hacía la cama, la cena, y me sentaba a la mesa. Entonces vos llegabas y parecía no importarte, no preguntabas nada, entrabas sin saludar y tu olor se impregnaba en cada molécula que se insertaba en mi desdichada nariz. No era mi casa, las cortinas luego ya no eran familiares y el ruido del televisor alborotaba mi tranquilidad. Me ponía de pie y cuando había ya incubado en breves segundos mi lado más flemático me embestías con tu cuerpo huesudo, ardías del hielo al fuego en menos de lo que podía resistir. Y fumábamos como locos y las moscas danzaban sobre la cena. Éramos una torpe idea que se parecía al amor. Entonces callabas, dormías, roncabas y yo salía descalzo a caminar, bebía una cerveza y descansaba por un momento de mí. Entonces hacía maletas y cerraba la puerta despacio mientras fingías dormir, no quería volver y ni si quiera había terminado de partir. Siempre esperabas, hasta que un día volví y no estabas más. Todavía es de noche.

 

“Somos la pareja menos infinita y menos adánica

que podría encontrarse en estos últimos treinta años de historia.

Desde el punto de vista muscular

apenas hemos hecho poco más que dos perros.

Desde el ángulo cultural

hemos despertado bien pocas envidias.

Pero este amor nos ha devuelto mejorados al mundo

y, entre nosotros, inolvidables.

Ahora vamos a hacer que alguien sonría

o paladee un pedacito de dulce tristeza

hablando de nuestro amor en este poema”

-Roque Dalton

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trino

Me gusta soltar y arder en silencio, contemplar a la gente en pedazos dispersos sobre sus ideales, me gusta entender que nada es para siempre, y que el orgullo es una distancia más larga que el olvido. Me gusta saborear el desengaño salado que cuelga de mi mentón, no por afición, sino por humanismo. Me gusta saber que los días son impredecibles y que la angustia de no saber es inferior a las ansias de olvidar certezas.

Y cuando me rompo me gusta quedar como suelto en el tiempo, en el aire, en el viento; y cuando te vas me gusta despedirte infinitamente con la convicción que tu sombra te sigue a cuestas. Porque me gusta pensar que en tus caminos se desandan tus intenciones, y que tus horizontes se alocan con acuarelas de nostalgia y olores de sudores que tientan tu mirada hacia atrás.

Me gusta pensar que somos charco, el agua que caprichosamente acampa sobre los huecos de la tierra, sobre el que miles de autos pasan y ninguno logra vaciar. Me gusta pensar que somos deuda, aquella que te persigue aún mientras duermes y te sorprende tocando la puerta a la hora del desayuno.

Y cuando me gasto me gusta hacerlo sin contemplarme la sangre, sin medirme en retroceso, sin quejarme del tiempo. Porque cuanto te entregas lo haces sin miedo, sin treguas ni enredos. Por eso cuando regresas, el sol quema un tanto menos y la lluvia refresca un poco más.

Me gusta perder con apretones de manos, con espaldarazos sonrientes, con medias vueltas calladas. Me gusta que duermas sin sueños, que sueñes despierta. Me gustan tus brazos cuando me aprietan y tus piernas cuando me tientan.

Me gustaría que entiendas que mis noches se prestan de templo y orquesta cuando tus ojos me encuentran. Que aún sobre los escombros de tanta miseria te haría el amor y cenaría cada noche contigo.

Vintage

Me pierdo entre las hojas, entre la neblina que matiza los destellos de un sol pálido de ganas. Me pierdo entre la brisa vestida de rocío, entre la nada y el todo incomprensivo, me pierdo en los recuerdos insolentes siempre inoportunos, entre las melodías que danzan y se revuelcan en mis oídos y me llevan a la parte blanco y negro de mi vida.

Y las gotas salpican y proclaman un canto ensordecedor, una lluvia de indiscreciones que solamente pueden callarse, me vierto  en la angustia de no padecer los males que normalmente vienen después de los besos, la ansiedad de respirar nombres y lugares que justo acaban de tatuarse en las pupilas, que fungen como el mapa inequívoco de las utopías sonriendo desde el otro lado.

Ya solo queda la silueta de su estructura ósea, la comisura de sus labios, la sobra de un excesivo delineador que se marchita y se pierde felizmente, que se aleja de mi sensibilidad. Solo queda un rojo torpe, alguna vez carmesí. Unas letras sin voz, unos paisajes intactos de olvido que siguen siendo magníficos, intensos, hermosos, tremendamente extrañados.

Son tan ligeros los días, tan efímeros y descartables que la vida misma parece el resumen de un pasado que nunca se vivió. Es tan eterno este cielo que a veces pesa, sobre todo por las noches. Sobre todo por la nada, por el silencio y letras como estas que no dejan de soñar.

Me pierdo y luego envejezco, y miro mis manos seniles cicatrices y sin anillos Mi pelo alborotado e indispuesto, mis piernas haraganas y flacas, mi alma húmeda y desvencijada, mi corazón atragantado de nostalgia y en el calendario meses enteros de lunas vacías.

Enero bisiesto

El tiempo se me incrusta en los párpados, la pesadez de un enero incomprensivo me revolotea en las mañanas, la brisa con sabor a vacío argumenta los toques de ansiedad que emanan de mi café ya frio por el asomo de los recuerdos. Es así, enero es el gran lunes que siempre me cuesta digerir, es el inicio de lo mismo de siempre con toque de añoranzas por lo que en su momento pareció simple y hoy resulta un tanto extrañable. Los momentos que acaban de suceder se pintan ya desenfocados y en tonos desabridos, pero sus olores se vierten casi intactos y es entonces cuando esa sensación de algidez retuerce mi insatisfacción.

Y la gente se va quedando atrás, los árboles se secan y reverdecen, las paredes se pintan de pasado y un retoque insinúa que no ha pasado nada. Los perros se pierden o mueren, los niños crecen y aquella inocencia deja de ser característica de su mirada. Las calles cambian de sentido, todo se hace cada vez más pequeño, respirar se vuelve cada vez más difícil y las noches no son tan cálidas como antes, el bullicio ahora apaga el canto de los grillos y el cigarro dejó de ser atractivo porque ahora sí es un vicio.

Pero ya no sé qué extrañar, hace no sé cuánto dejé de contar el tiempo, dejé de mirar al cielo. Ya no sé si la sensación de soledad es bosquejo de serenidad, tampoco sé si interpretar el silencio como madurez, o la distracción como el principio de la concentración. Lo cierto es que la suma de lo incierto me adeuda ya un par de explicaciones, preguntas que nunca pude hacer y otras que no quise responder. La lluvia de letanías que antes diagnosticaban mis esporádicos razonamientos ahora se pierden y me observan en vilo de algunas letras que hagan izar una vez más aquellas intrépidas aseveraciones de lo que según yo me acontecía.

De repente, tropiezo con nombres, con lugares que justo a punto de olvidar vuelvo a ver y me entero de lo que sucedió, y me observo cual alma paseando fuera de su cuerpo, construyendo historias que volcarían el mundo que me contenía, improvisando refranes, adulterando verdades, pregonando la seguridad que nunca tuve y hoy necesito. Me veo caminando en direcciones que ahora evito, haciendo amistades que ya ni recuerdo, viviendo una vida que nunca me perteneció.

Ahora suena la música de siempre, y el deseo de entender el porqué de tantas causas perdidas me retrae. Y viajo, y llego a las lunas aquellas que morían por bañarse de miel, y en lo alto de una crisis diviso el horizonte que dejé atrás, aquel que muy a pesar de todo nunca fue tan malo como siempre dije que era.

El futuro no pinta tan mal, pero el presente sigue siendo solamente un puñado de letras.

Gracias

Fué hace 11 años, la distracción manejaba mis ojos que deambulaban en medio de toda aquella gente, mis días parecían llamarse todos igual, mis años no contaban aún con recuerdos elocuentes o emociones tracendentes. Estaba distraído del mundo, estaba en el momento precíso, a la hora indicada. Fué hace 11 años ya.

Su blanca piel se apareció ondulando el corredor, su cabello recogido desnudaba su cuello, su andar se hizo la pasión que le faltaba a mis años, y sus ojos azules eldulzaron el paladar de los días que vendrían, de los años que ahora describo, de mi gran sonrísa, de mi gran amor.

Fué un inicio breve, fué un acuerdo casi inmediato, tuvimos tiempo para salir por primera vez y en esa primera vez amarrarnos en un beso que pactaba un futuro que llegaría muchísimo más lejos de lo que pude haber imaginado.

Así fué pasando el tiempo, mi primer hijo se acercaba y comenzamos esta vida muy temprano, no cabrían tantas palabras en este escrito para describir todas las cosas que tuvimos que hacer, a las que tuvimos que renunciar para poder estar juntos, pero siempre, siempre lo hicimos con una enorme sonrísa.

Debo confesar que la calidez de su piel transtorna mis poros, que la desnudez de su espalda soborna mi tiempo, que sus manos tienen el don de la seducción perfecta, que sus labios me encadenan a seguirles en cada silaba que proclaman.

¿Qué les puedo decir? Silvia, fué, es y será mi gran amor, la mujer que me entregó su complejidad, su plenitud, sus fuerzas, su trabajo, su empeño, su cuerpo y su amor.

La mujer que me ha dado dos hijos maravillosos, la mujer con la que construimos lo que jamás imaginamos.

Hoy solo vengo a gradecer, quiero reconocer la gran mujer que es.

Gracias Silvia.