Cábala.

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Una estrella niquelada cuelga de un balcón, los trazos de nubes rotas arañando la luna y el piso hecho espejo de mil pedazos por la llovizna impropia de la época. Aún nos veo tropezando con el viento, dando pasos zigzagueantes como contando los adoquines. Era normal adueñarnos del horizonte y sus luces rimbombantes, atar recuerdos a las esquinas, desgranar los infinitos matices de nuestros desacuerdos y aparentar con mínimo esfuerzo el desdén de no tomarnos de la mano porque solo así nos gastábamos las ausencias.

Nuestro limbo era la ciudad perfecta para convergir, pincelábamos rutas hacia futuros inciertos y navegábamos audaces por los tiempos que se escurrían en los cristales de las casas coloridas. ¡Cuántas vidas habrían faltado para espantar ese olor a eterno que emanaba de nuestras cabezas!, pero la longevidad no es más que la dilatación de la muerte que es inevitable y las historias no son historias hasta que tienen un final.

De mi puerta cuelgan esperas encarnadas en un llamador de ángeles, una cábala sin comprobar que dispuse con el fin de hacer turnos entre la nada y el silencio y que sólo se activa cuando el viendo pasa a saludar, o a burlarse, no sé. Aún te veo entrar por esa misma puerta que necesitaba un golpe leve y uno de hombro para abrirse, estás en el mismo sillón donde te sentabas a aburrirte de no esperar nada, la cocina indispuesta hoy alberga un ecosistema completo en el horno que vivió grandes glorias con los postres que quemabas los domingos.

Una foto huesuda me sugiere que habrás arrugado un poco más el tiempo de tus mejías, que tus caderas aún debaten entre el volumen y la discreción, sus colores ya desabridos por descuido y un poco de mi ayuda me invitan a creer que tus años fueron años solo aquí, conmigo. Ya no hablo de ti con nadie, solo regurgito canciones con la voz más desplumada que antes y tampoco te extraño. Y no es que piense que vos, solo recuerdo cómo nos ornamentábamos la soledad. Y tampoco es que quiera que vuelvas, solo espero que al no quererlo, suceda.

Cartas sin enviar. No 1

carta

 

Te escribo porque el oficio de poeta me deja pocas rentas y muchas deudas, la mayoría jodidas de honrar. Las calles, todas me parecen un viejo afán de nunca resolver. Al principio, solo al principio resultaba un tanto divertido coger un autobús sin preguntar su destino, adobar mis monólogos con la guitarra que me regalaste y fingir que nunca tendría que cambiarle el juego de cuerdas. Hasta que pasó. Conocí a una mujer, lejos de mis conceptos prefabricados, con una nariz de óleo fresco y cabello alborotado según los contrastes del viento. Resultó que coincidíamos en varios asuntos de la vida, de esos que uno considera por alguna razón desconocida, importantes. Camila trabaja en un chalet de revistas, cerca de la capilla de Santa Marta, en el andén opuesto para ser exacto. Vos sabés que no soy revistero, pero después de haber leído hasta las enciclopedias de recetas y medicina natural que compré, sin darme cuenta, a un vendedor que me tomó por asalto una tarde que llegó a mi apartamento y me interrumpió en mi labor de autosatisfacción; me interesé en una edición de fotografía para “dummies” que avisté, diría yo, casualmente en tal chalet. La fotografía siempre fue lo mío, aunque nunca tuve una cámara para comprobarlo, pero siendo naufrago obligatorio en un planeta desconocido, me vi en la necesidad de cambiar de rubro y pasé del ocio despreocupado e hiriente de los fines de semana a coleccionar las ediciones de la dichosa revista Zoom que tanto me entretenía y me hacía gastar lo poco que no tenía en las mensualidades de la nueva cámara Canon que solicité, a cuenta de un crédito que aún sigo sin entender cómo me lo aprobaron.

Perdón, te hablaba de Camila. Lista como solo ella, natural e indiscutible vencedora de cualquier litigio sentimental si de buscar culpables se trata. Había desnudado ella cada sílaba de los libros de Cortázar que alcanzó a leer, calificándolo de misógino pero entreteniéndose cada vez más en su lectura. Corta el desayuno y el almuerzo convirtiéndolos en tentempiés ocasionales, pues su dieta básicamente se reduce a vinos y cigarrillos de una marca cuyo nombre aún no aprendo a pronunciar.

Te decía, Camila es ahora una buena amiga que me ha invitado al círculo un poco cuadrado de amigos-exnovios-compañeros-vecinos-roommates-etcéteras que viven con ella, o con los que ella vive, no sé. Pero hemos creado un grupo de fotografía, lectura y dibujo espectacular; hemos pensado en agregar otras disciplinas al collado de habilidades y expresiones artísticas que aún nosotros no comprendemos, pero por el momento lo hemos dejado así. Ella y yo sostenemos una relación difícil de clasificar, o de dosificar, no sé. Pero hemos hablado hasta el cansancio de vos, de tus espléndidos destellos de amor, de la forma esa tan tuya de pasearme por el cielo y el infierno el mismo día. En ese orden.

Hubiera querido enamorarme de Camila, pero a ella le gustan más las mujeres como vos que los hombres como yo, y pues desgraciadamente padecemos los mismos gustos. Además aún no entiendo muchas cosas, y claro que no las entenderé jamás (es un alivio, claro), pero sigo pensando en tus ojos y su vacío demencial.

Pero me preguntaba cómo estás, si la parte comercial de la vida tiene sus bondades, si las ofertas de las vitrinas resultan tan buenas como parecen, si encontraste la ciudad donde en cada esquina uno puede subir al coche un amor eterno. Me preguntaba si supiste del amor, de la tremenda satisfacción que produce una sonrisa y las añoranzas que quitan el hambre de una manera bestial. No te culpo, debe ser difícil ir intentando año tras año despertar algún día con el corazón rebosante de amor. Debe ser angustioso, cansado, debe ser algo parecido al matrimonio, a los aniversarios sin pompas y silbatos, a las metas alcanzadas y rebasadas sin darse cuenta.

Te escribo porque no tengo otra manera de tocarte, porque en estas fechas renuevo mis votos de caducidad, celebro la vida usando cigarros como velas y recortando los excesos mis cejas.

Camila dice que debo buscarte, yo digo que debo dejar buscar explicaciones y olvidarte de una buena vez.

…de fantasmas, poesías y demonios.

te quiero aquí,
nube espacio de mis sueños,
mujer que camina,
que mira al piso frío…

tu mirada
se descongela
tu alma desnuda (ahora vestida)
toma su chamarra para irse,
al frío
¿no ves que está lloviendo?

pero tú te pones tus zapatos bajos
y tomas la perilla del desconsuelo,
no sabes a dónde vas, sólo sabes que vas
a algún lado,
a donde sea.

y yo
me quedo sentado en este sillón
frente al monitor
al que le hablo a veces
a falta de ti…
y yo
que me fui antes que tú
por no saberte decir
que deseaba a la de antes,
mujer-niña envuelta en ilusiones,

que esta mujer amarga
me alejó lentamente
con sus muecas de a veces…

en cambio veía
otras siluetas alegres,
envueltas de colores amarillos y verdes
y tú como una sombra
te escapabas de mi mente..
y ya ves
lo callé,
callé mi indiferencia y lo notabas
y hace tiempo que Dios se nos fue de las alas…

¿ no estás a gusto conmigo ? ¿ es eso ?
¿ fui tu pretexto en la vida ?,
¿ fuiste mi pretexto ?
y ahora que veo los edificios derrumbarse,
mi familia de niño guardada en escombros,
y te veo a ti lejana y borrosa,
quisiera llorar,
preguntar a las piedras,
¿ cómo debí ponerlas para formar edificios ?

y me pregunto si todo perdido
¿ y qué es el amor ?
y volteo al mundo de sueños rotos
que siempre estuvieron como espejos quebrados,
pero nosotros juntamos,
juntamos los pedazos…

¿ y de qué está hecho el amor
si no de nosotros ?
¿ o es que la materia prima
se agotó en el mercado ?
¡ esto no es mercancía !
¡ esto somos nosotros !

estoy desquebrajado,
quiero ser tu amigo,
dame la mano..
déjame hablarte
de todos mis fracasos,
de la mentira, del engaño,
del cansancio,
otra vez del fracaso…

oremos de nuevo
como hace algunos años,
volemos un papalote,
olvidemos un momento
los números y las cuentas
pues quieres estar conmigo
pues quiero estar contigo.

¿ que el amor no existe ?
todos me dicen,
tal vez lo he matado
tal vez lo he creído,
¡ y es que desfilan en mi cabeza
tantos vientres !

esta noche
te abrazaré como tu amigo
te escucharé, me sinceraré
sin buscar tu calor
te daré yo del mío
respirarás mi confianza
en medio del vacío.

 

Una regalo de mi buena amiga Flora.

Gracias, te quiero.

Postal

Postal

 

Quise encender los brillos parpadeantes de algunos recuerdos, andar los senderos polvorientos sin contagiarme de ellos, quise aplaudir en silencio, merodear los deseos y contemplar los años acumulados con sus irremediables lecciones al borde de cada conmemoración. Pero no contaba con la incandescencia que desbordaba los rincones, los clavos mutándose con la pared sugerían haber colgado historias que ahora se esconden en la humedad de un nunca más. Observé desde afuera, como quien aguarda en la puerta de la que fue su casa ahora vestida con muebles y cortinas desconocidas. Hay poco qué hacer frente a la tormenta que te abre los brazos antes de estallar, en medio de la nada y con el último cigarro recién encendido. Solo aletargar el paso. Volví al galope, al lento y delicado avance hacia el equilibrio dominical, al trabajo de tramoyista ocasional, volví a la delicadeza del amor a mansalva y sus privilegios civilizados; el amor es perfecto, la correspondencia solo una casualidad. Pero fui dichoso, de poder ir y más de querer volver, del vuelo sobre acantilados bastos y sublimes que acordonan el cadáver de los días que pintaban a mi voz de otro color. Quise evocar nostalgia y me contagie de sonrisas, la serenidad de guardar las palabras que seguramente insultarían el hallazgo de esa forma de ser feliz. Ahora las conversaciones se construyen sin afán, los compromisos solo exigen libertad, las noticias están demás. Solo algunos aires que alborotan el silencio, solo una sonrisa con la sola vocación de cantar y cantar.

Exilio

Exilio

De este lado del exilio la luna no mengua jamás, los años desaliñados vienen como puñados de indigentes empujándose unos a otros, como con ganas de llegar de una vez, pero aún sin saber porqué. Las ganas son un torpe instinto sin olfato que no encuentra cómo andar, a veces me las quito con un poco de mar, otras las manoseo desde mis bolsillos como prometiéndoles mentiras, otras tantas las pongo a dormir a fuerza de alcohol y las observo sin saber qué hacer.

Ya no miento, soy tan pésimo en el hecho que dejé de intentarlo hace un buen tiempo ya. Dejé de construir historias y cambiarlas en pleno discurso, ya no busco los bordes de las cosas, me entretengo senilmente en el medio, en los huesos que se mueven despacio, en las noches que evocan despojo.

Conservo la misma guitarra que sigue soñando con celebrar alguna canción completa, porque por más que lo intenté todas las que aprendí fueron a medias. Algunas sin introducción, otras sin estribillo, la mayoría de ellas con acordes prestados y todas con un tono diferente al de mi voz. Me olvidé de escribir a mano, de los trazos que tanto practicaba en la bonanza de mis desvelos, de los óleos y su delirante olor diluyéndose con el del aceite; olvidé el procedimiento de desenvainar espadas, la sutileza de encender miradas desconocidas. Olvidé los inicios de las conversaciones interesantes, las direcciones de los bares y los amigos de una noche con los que uno confiesa la vida entera y luego nunca los vuelve a ver.

De este lado de la acera los conflictos se resuelven con ron, la gente camina más despacio, las modas son un mito y el ruido del cotilleo no ensordece más. Los bares cierran temprano, las luces son más amarillas, los calendarios son especímenes que nadie nunca ha podido ver.

Es normal que la gente odie lo que una vez amó, puede ser. Pero no es sensato. Es terrible ir por ahí reduciendo los recuerdos a escombros amontonados en algún callejón, pretender lucrar el alma con la experiencia que dejó lo que ahora se etiqueta de inservible.

De este lado de la vida no olvidamos a nadie, agradecemos las moléculas que formaron la saliva de los besos que luego supieron amargos, versamos tiempos en re menor con la cadencia que hilaba en nuestro torrente sanguíneo una simple sonrisa. No acusamos a nadie de la felicidad que fecundó en nuestro llanto, no perdemos el tiempo preguntándonos cosas.

El exilio no siempre es malo, tal vez, nunca fue tan bueno.

No me hables de tristeza.

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No me hables de tristeza como adornando tus tiempos, lejos del frío del exilio y del mar nublado. No me hables despacio, como esculpiendo oportunidades condicionadas, entre aires reciclados de amores modernos. No me hables con tus ecos de silencio, como estrenando la tibieza de tu voz. Más bien tiñe tus manos de primavera, arráncale flores al camino y suelta tu melena triste, gástame la vista con el perfil de tu rostro cálido y fugaz. Pero no me hables como tarareando canciones sin alma, como si anidara en tu boca una queja disfrazada de deseo. Más bien desciende de tu nubecilla plata, del florido valle esponjado de favores a tu nombre, más bien detén la marcha en la calle vestida de adoquín, la misma donde deambulabas en blanco y negro. Pero por favor no me hables de tristeza, no redactes mi nombre al inicio y con sangría, no vacíes la mirada sobre mí, no interrumpas tu coartada, no me juntes más inviernos de los que puedo digerir. Vuelve a casa, lejos del bullicio del pasado, vuelve al destello incandescente de la felicidad algodonada, a los augurios periódicos de bienaventuranzas merecidas. Pero no me hables de tristeza como si fuera la prosa de tu vida.

Asco

 

asco

hoy tengo asco de tacones,
de lisonjas sin alma pariendo en el muladar
tengo rabia de cosas, de cuentos sin final
hoy me quedo callado, hoy observo sin más

hoy se me entrampan los versos
en la angustia barata de nunca acabar
en los días que premian escotes
y cantan miseria en su humanidad

hoy me pierdo de fecha en fecha
me cubro y no dejo de arder de tristeza
hoy desvanezco ante tanta cadencia
de lo pueril y liviana que es la belleza

tan lejos andamos de los amores
de los días y noches eternas
tan poca voz tienen ya sus perfumes
tan simples, tan llanos, tan tercos y muertos

hoy tengo asco de morbo y misterio
las lunas son insomnios de turbias sonrisas
hoy tengo asco de tanto no ser lo que era
asco del modo que marca sus huellas

Convengo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

convengo asirme a tu estrecho querer

selectivo, como la innecesaria suerte

simple, como agua después de la sed

fugaz, como los bordes del atardecer

y no es que olvide yo los arrebatos

los muertos moderando la avenencia

los ecos de tu voz arrugando los intentos

o las deudas que cobraste ad honorem

es más bien, purgar las emociones

combatir la parsimonia con desgano

eludir la inevitable inconformidad

los días feriados y los domingos sin sal

convengo esperar el invierno bajo techo

los sauces no morirán para ese entonces

ni las nubes danzarán más alto

es cuestión de tiempo y un poco de cuero

para que los años me acomoden el desvelo

y los huesos achaquen mis remordimientos

convengo que quiero dejar de quererte

y mientras tanto lo logro, te quiero.

 

Obituario

El tiempo de las velas se me ahoga, los mares se me pudren y las calles se marchitan. Ya nadie toca a mi puerta y tampoco adornan la pasta de algún libro con mi nombre, es que los tiempos de las dedicatorias huyeron de la monotonía que implicaba verme juntar cicatrices y hacer con ellas mapas y estrategias fallidas.

Los amigos alcanzaron la cuota mínima, ahora suman uno y medio. Los tiempos de múltiples compañías e incansables camaraderías se drenó junto a los años. Es normal entonces que las rodillas comiencen a doler al mismo tiempo que los recuerdos.

Nada me espanta, porque rondé el mundo tomando fotos con mis ojos, descubrí el corto fondo de mi intrascendencia en un charco de lágrimas innecesarias y otras preocupaciones que fácilmente hoy me tienen sin cuidado. Sin embargo aún no desecho ciertas manías propias de la adolescencia, como pretender sembrar amor, ganar perdón, sanar el dolor, y olvidar los parte agua que los nombres con mayúscula dejaron tras de si.

Pero es inevitable comenzar a ver el retrovisor, bajar la velocidad. Es inevitable ir a la cama y mirar el techo mientras deambulo por lo que soy y quisiera ser, por lo que fuí y amé. Es inevitable despertar un día con veintitantas libras más y la frente un poco más amplia.

¿Cómo llega uno a donde nunca se dirigió?

A decir verdad me espanta un poco, me asusta contemplar la eternidad de los árboles, su insistencia en reverdecer porque sí. Espanta un poco no dejar de pensar, y quemar en silencio las angustias remediables de la edad.

Me espanta un poco acostumbrarme, me asusta mucho aceptar vivir como no quiero.

Y morir un poco cada día.

Inventario

Las cosas que me dices cuando callas,
los pájaros que anidan en tus manos,
el hueco de tu cuerpo entre las sábanas,
el tiempo que pasamos insultándonos,
el miedo a la vejez, los almanaques,
los taxis que corrían despavoridos,
la dignidad perdida en cualquier parte,
el violinista loco, los abrigos,
las lunas que he besado yo en tus ojos,
el denso olor a semen desbordado,
la historia que se mofa de nosotros,
las bragas que olvidaste en el armario,
el espacio que ocupas en mi alma,
la muñeca salvada del incendio,
la locura acechando agazapada,
la batalla diaria entre dos cuerpos,
mi habitación con su cartel de toros,
el llanto en las esquinas del olvido,
la ceniza que queda, los despojos,
el hijo que jamás hemos tenido,
el tiempo del dolor, los agujeros,
el gato que maullaba en el tejado,
el pasado ladrando como un perro,
el exilio, la dicha, los retratos,
la lluvia, el desamparo, los discursos,
los papeles que nunca nos unieron,
la redención que busco entre tus muslos,
tu nombre en la cubierta del cuaderno,
tu modo de abrigarme el corazón,
la celda que ocupaste en una cárcel,
mi barca a la deriva , mi canción,
el bramido del viento entre los árboles,
el silencio que esgrimes como un muro,
tantas cosas hermosas que se han muerto,
el tiránico imperio del absurdo,
los oscuros desvanes del deseo,
el padre que murió cuando eras niña,
el beso que se pudre en nuestros labios,
la cal de las paredes, la desidia,
la playa que habitaban los gusanos,
el naufragio de tantas certidumbres,
el derrumbe de dioses y de mitos,
la oscuridad en torno como un túnel,
la cama navegando en el vacío,
el desmoronamiento de la casa,
el sexo rescatándonos del tedio,
el grito quebrado, la madrugada,
el amor como un rito en torno al fuego,
el insomnio, la dicha, las colillas,
el arduo aprendizaje del respeto,
las heridas que ya ni Dios nos quita,
la mierda que arrastramos sin remedio,
todo lo que nos dieron y quitaron,
los años transcurridos tan deprisa,
el pan que compartimos, las caricias,
el peso que llevamos en las manos.

Joaquín Sabina

Me pasas

Ayer me pasó.

Encendí una fogata dentro de mi silencio. Amé el ruido la leña desquebrajándose bajo las llamas, las chispas brincando como fuegos artificiales monocromáticos y un silbido, como de ausencia, como acontecimientos que rompen las ganas, como una sordera, como un ruido. Como de dolor.

Te digo, no soy fácil en los artes de la compresión. Por lo tanto, me hundo despacio en la levedad de la ignorancia selectiva, entro a casa hasta cuando la tormenta escampa, sonrío a media luna, hago la cama, levanto la mesa, corro sin gestos, ahuyento certezas, bautizo carretas y me ciego por dentro y por fuera.

Por suerte mis brazos son largos y aprietan decente, por suerte las noches son cortas y los días sin temple. No miento, conjuro ganas sin dientes y perros que ladren cuando conviene. Y entonces me pasas, el ruido disipa tu olor y tus ojos me espantan los sueños.

Y vuelo, lejos de tus manos que no son tuyas sino cómplices de tu piel, lejos de la simpleza del azúcar o la sal, de las rígidas combinaciones de colores, del cuero, del llanto espeso de rímel, del testimonio sonriente de tu cabello, de las dudas, de la miseria de sentir para dentro.

Ayer me pasó.

Volví a la estocada, apagué las llamas, encendí un cigarro y caminé sonriendo. Hay muchas cosas que aún no entiendo, porque me pasas, porque no quiero.

Insomnio de colores

Sería genial arder por las mañanas y evaporarse para andar por ahí, en los pulmones de los árboles, revolotear junto al viento y sacudir las hojas que se vencen y danzan hacia el suelo. Sería genial ser agua y correr libremente sin escoger caminos, no preguntar y simplemente llover por vocación. Sería genial ser tierra y vestirse de verdes y marrones, agradecer las tormentas y el incendio del sol, y estar ahí, y servir, y vivir, y dar vida.

Sería genial ser barca y con ímpetu romper las aguas, ser dueños del mundo sin cobrarnos una gota. Perdernos en la odisea de un viaje infinito que nos lleve a la muerte y nos devuelva la vida, salpicarnos de la ruta sin perder la paciencia, ser parte del horizonte y conjugarnos con la silueta del alba en su asomo a la libertad. Sería genial dormitar en la cuna que mecen las aguas sin tregua y alucinar colgado de las constelaciones que brincan del infinito hacia la cubierta.

Sería genial ser soledad, ser silencio, ser vacío. Ser motivos y razones para debatir en silencio, armando monólogos al tiempo y en la miseria del fondo de nuestras inconformidades ascender de un solo suspiro. Ser un breve soplo al oído, un murmullo que ahuyente las ansias y deje absorto sin entender porqué. Sería genial ser el hueco de algún intento, la manta de algún frío, la copa de algún vino.

Sería genial olvidar  y entender la vida de una manera diferente, cuajar lágrimas por cosas livianas, pintar óleos sin experiencia sobre lienzos improvisados pariendo nuestras ideas, estirar sonrisas demenciales que inventen razones para no renunciar. Sería genial caminar y amar cada paso,  confiar sin pruebas, cumplir sin prometer en nombre de la sangre, perdonar sin balanzas, entender sin explicaciones, amar y punto. O morir en el intento.